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Una duda incómoda

10 May

El debate en torno al calentamiento global y sus causas está lejos de zanjarse. La razón es simple: tiene mucho que ver con cómo damos forma a los consensos científicos que aceptamos como certezas y, sobre todo, con aquellas “verdades” que aún no terminamos de construir.

Hay un mensaje escondido en la majestuosa extensión del glaciar Tyndall, que abraza el Parque Nacional Torres del Paine. Si lo miramos con cuidado, podremos comprobar que ha retrocedido y perdido masa de manera importante durante las últimas décadas. Parece ser un mensaje triste, pesimista.

¿Por qué la tristeza? Bueno, primero porque los glaciares son hermosos y no queremos perderlos; segundo, por el sentimiento de culpa: pensamos que su lenta muerte se debe a la acción del hombre sobre el planeta. Las dos ideas, claro está, merecen una mirada más cuidadosa. La primera, la estética, se diluye como la fugaz vida del hombre lo hace en la larga historia de la Tierra: glaciares han aparecido y desaparecido muchas veces en 4.500 millones de años del planeta, y nuestra opinión estética de ellos sólo apareció en los últimos cientos, junto con nuestra biología.

La segunda, la culpa, es harto más complicada. Es fuente de violentos debates que sacuden el mundo hace décadas. Uno que parece pasar inadvertido en Chile la mayor parte del tiempo, al menos fuera de las aulas universitarias. En los últimos meses, sin embargo, ha pasado tangencialmente por los medios de comunicación. Se trata del debate sobre el calentamiento global y su origen humano.

El tema es que esconde parte de los misterios científicos más empapados de necesidades ideológicas, políticas e intereses privados.

Quizás sea posible aprovechar el calor del debate para hablar un poco de ciencia, de la forma en que se hace y las pasiones que la empujan. Para escuchar el susurro del glaciar, que quizás repita las palabras de John Tyndall, físico irlandés cuyo nombre honra: “Es tan fatal como cobarde ignorar hechos porque no son de nuestro gusto”.

Un planeta afiebrado

Desde fines del siglo XX, el planeta ha experimentado un calentamiento global de 0.7 grados. Las evidencias son masivas, y poco debate hay hoy sobre este punto. Es importante notar, sin embargo, que esta conclusión es el resultado de una larga y compleja aventura científica. No se trata de un paciente al que se le ha medido la temperatura axilar cada dos horas. Cuando hablamos de “temperatura global” del planeta hablamos del promedio sobre toda la superficie del planeta y sobre un período de tiempo. Cómo calcular estos promedios es ya un problema en sí mismo, más aún cuando queremos registros históricos de antigua data. Hoy esta información es recogida utilizando estaciones meteorológicas esparcidas por el mundo y por satélites.

La medición sistemática, sin embargo, es un lujo moderno. Por esto, las temperaturas promedio más antiguas se deben calcular de manera indirecta, utilizando las huellas permanentes que éstas dejan en su entorno. El hecho que se trate de mediciones indirectas implica que requieren de argumentos teóricos, y por lo tanto quedan invalidadas si la teoría invocada fuese incorrecta. Un ejemplo de esto: podemos estimar la velocidad que tenía un automóvil antes de un accidente mirando el tamaño de las marcas que dejó en el pavimento al frenar. Para hacerlo debemos asumir, por ejemplo, que el pavimento estaba seco en ese instante. Si esto ocurrió una calurosa tarde de verano, quizás se trate de una suposición razonable. Pero si justo antes del accidente alguien hubiese mojado el pavimento mientras regaba el jardín, el calor de ese día solo habría servido para borrar rápidamente cualquier pista sobre la presencia del agua. Los peritos podrían deducir una velocidad incorrecta.

Este tipo de incertezas son típicas en la actividad científica. Es por esto que normalmente nadie toma muy en serio evidencias que vienen de un solo experimento. Es solo cuando muchos experimentos de distinta naturaleza apoyan un resultado, que los científicos, como jueces en juicio cósmico, comenzamos a dar un fallo, levantando la alcurnia de un puñado de evidencias a un “hecho científico” (uno, que al igual que en el análogo legal, puede ser revisado en cualquier momento en el futuro). En el caso del accidente, si las huellas del suelo son coherentes con los relatos de testigos, y otras pruebas del juicio, también decretamos que sabemos la velocidad que tenía el automóvil. Es ciencia en acción.

De igual modo, hay mucha evidencia de que el calentamiento global de los últimos 150 años es un “hecho científico”. Parece muy improbable que este hecho vaya a ser cuestionado de modo importante en el futuro. Recientemente hubo una importante revisión crítica y análisis de los datos sobre el tema por parte del equipo Berkeley Earth liderado Richard Muller. A pesar de que Muller era un abierto crítico de las conclusiones sobre el calentamiento global, no le quedó más que concluir, ante la evidencia, que eran correctas.

El veredicto de culpabilidad

El punto sobre el que aún existe cierto debate científico tiene que ver con las razones de este calentamiento global. ¿Tiene el hombre alguna responsabilidad en esto? Bueno, hay fuertes evidencias que indican que sí. Sin embargo, y a pesar de que los autores de este texto tenemos ideas encontradas al respecto, podemos afirmar que se trata de una afirmación de bastante menor certeza científica que aquella sobre el calentamiento global. Es muy probable, en todo caso, y para no eludir responsabilidades, que los humanos estemos empujando, al menos en parte, el calentamiento global.

Para entender cómo, volvamos al glaciar. Fue por la misma época cuando comienza el último calentamiento del planeta, cuando Tyndall inicia sus investigaciones sobre lo que conocemos hoy como efecto invernadero. Se trataba de una vieja especulación, propuesta por primera vez por el matemático francés Joseph Fourier, más de 30 años antes, pero que nunca había sido estudiada experimentalmente. Fourier, que conocía bien la teoría del calor, había calculado la temperatura que debía tener la Tierra si se consideraba como una gran roca capaz de absorber radiación solar y reemitirla al espacio. Sus cálculos mostraban que la temperatura debía ser más baja. Esto implicaba que había un fenómeno no considerado en su cálculo, como el hombre que riega el jardín en el ejemplo del accidente, que tenía una influencia importante. Conjeturó, correctamente, que la atmósfera actuaba como una manta que dificulta la reemisión de energía al espacio. Fue Tyndall quien puso en marcha un programa de investigación para probar cómo interaccionaba la luz con los distintos gases atmosféricos, mostrando en el laboratorio cómo operaba el efecto invernadero.

La cosa es más o menos así: la luz solar incide en la Tierra, principalmente como ondas de frecuencias altas, principalmente radiaciones ultravioletas, visibles e infrarrojas de alta frecuencia. Cuando la Tierra absorbe estas radiaciones, se calienta, y al hacerlo emite luz. Esto es similar a un metal que al calentarse se pone “al rojo vivo”, sólo que a temperaturas menores, la luz que emite no es visible a nuestros ojos, por tratarse de luz infrarroja de baja frecuencia. Resulta que ciertos gases de la atmosfera son muy opacos a esta radiación infrarroja. Así, la energía entra con facilidad como luz de alta frecuencia, pero sale con dificultad como luz de baja frecuencia. Esto provoca que se acumule energía y la temperatura suba por sobre aquella que calculaba Fourier. Tyndall midió este efecto en varios gases, mostrando que el más importante para estos efectos en nuestra atmósfera era el vapor de agua, seguido por el dióxido de carbono (CO2), el gran villano climático de nuestros tiempos. Y claro, los niveles de CO2 en la atmósfera han aumentado en más de 130 partes por millón (ppm) desde la el inicio de la era industrial, lo que equivale a un aumento de un 48%, para llegar en 2013 a 400 ppm. Algunos podemos dudar de la culpabilidad del CO2, pero nadie puede dudar de que sea un merecido sospechoso.

Por lo demás, es importante hacer notar que las altas concentraciones de CO2 pueden tener otras importantes implicancias ambientales, tales como el aumento de la lluvia ácida, por la mayor concentración de ácido carbónico en las gotas.

La verdad es sólo un consenso

“Debemos alterar la teoría para adaptarla a la naturaleza, pero no la naturaleza para adaptarla a la teoría”, decía el médico francés del siglo XIX Claude Bernard. Uno de los grandes obstáculos de la ciencia ha sido siempre la persistencia con que algunos intentan doblarle la mano al universo para hacerlo consistente con sus ideas preconcebidas. Es fácil ver esto en casos paradigmáticos, como los de Galileo o Darwin. Más difícil es verlo cuando ocurre delante de nuestras narices, en relación a ideas científicas que aún no han pasado por el escrutinio del tiempo.

En todo caso, es importante tener en cuenta que la ciencia nunca construye verdades. Construye ideas que sólo pretenden modelar, con exactitud creciente, los fenómenos naturales. Hay teorías tan precisas y confiables como la de la relatividad de Einstein, y otras más inciertas, típicamente las ideas más nuevas de la ciencia de frontera. Todas, sin embargo, son probablemente erradas. No existe la verdad científica, sólo un consenso científico que se alcanza con el tiempo y la acumulación de evidencia favorable. Basta un solo experimento que contradiga una teoría para que ésta se desplome. Al respecto, una famosa anécdota de Einstein. La resistencia hacia su persona y sus teorías en la Alemania nazi fueron vertidas en un libro, 100 autores en contra de Einstein. El físico reaccionó con ironía: “Si estuviese equivocado, con uno habría bastado”. Es que el consenso científico no se puede forzar. Ni sacerdotes ni políticos ni paneles intergubernamentales pueden hacer lo que sólo el tiempo, la experimentación y la buena ciencia pueden conseguir.

El consenso sobre el calentamiento global se ha ganado. Aquel sobre su origen humano aún tiene detractores, y eso es natural y sano. La razón es que esta teoría se basa en un conjunto menos variado de evidencias. Se trata básicamente de simulaciones computacionales en donde se incluye una enorme gama de variables que influirían sobre el clima, particularmente los gases de efecto invernadero. Algunos piensan que quizás existan incertidumbres, variables que no se han contemplado y que pueden influir de modo sorpresivo sobre estos cálculos.

Debemos en la ciencia, como decía Václav Havel, mantenernos cerca de quienes buscan la verdad, y alejarnos de quienes la encontraron. Si bien el escepticismo es sano, tampoco puede paralizarnos, ya que sabemos que la verdad, en ciencia, no existe. Las evidencias allí están, y debemos hacer algo con ellas, incluso cuando no tengamos certeza de su significado. Tomar algunas medidas para disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero parece razonable por distintos motivos. Por una parte, contar con energías renovables que son ya rentables nos ayudará a la independencia energética. Por otra, descontaminar las ciudades del hollín y otros contaminantes que no sólo causan efecto invernadero, sino que son responsables de enfermedades. Así, pase lo que pase, el esfuerzo nos dejará una estela de desarrollo sustentable, investigación científica, innovación y una buena bocanada de aire limpio y fresco, como ese que ahora sopla por el solitario glaciar Tyndall.

vía Qué Pasa.

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Publicado por en 10 mayo, 2013 en Ciencia y Tecnología, Medio Ambiente

 

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