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La fiesta de la ciencia donde están todos invitados

04 Jun

El fenómeno de la ciencia ciudadana, mediante el cual voluntarios apoyan investigaciones, es centenario. Sin embargo, hoy los smartphones e internet están generando una explosión en este campo, donde la academia se apoya en la gente común.

Fue en la cordillera de los Andes donde se enamoró de la ecología y la ciencia, pero fue en un restaurante de comida china donde se le ocurrió cómo juntar ambos campos. Antes, Gregg Treinish había hecho trekking por las montañas Apalaches, en Estados Unidos, y había pasado dos años caminando desde Ecuador hasta Tierra del Fuego. Después de eso, cuando volvió a Estados Unidos, comenzó a trabajar en proyectos de conservación de animales: con búhos, con glotones, con osos pardos. “Pero cuando estaba en ese restaurante me di cuenta que muchas cosas que yo había hecho las podía hacer cualquier persona. Que recolectar caca de oso no requería tener grandes habilidades”, dice riéndose este conservacionista.

Lo que Treinish crearía en sólo cinco meses, y que lo ha llevado a aparecer en el New York Times, en la radio pública de Estados Unidos y en National Geographic, es una idea simple. “Queremos acortar la brecha entre exploradores y científicos”, explica. En 2011 fundó Adventurers & Scientists for Conservation, y desde entonces lo que ha hecho es contactar a investigadores con necesidades de datos y a atletas y exploradores interesados en colaborar en diversos experimentos.

En este esfuerzo Treinish no está solo. Lo que él está haciendo es conocido en la comunidad académica como ciencia ciudadana y existe desde hace más de cien años. Uno de los casos más longevos es el Christmas Bird Count, un censo de aves que comenzó en 1900 con menos de treinta voluntarios, reclutados por la National Audubon Society, y que continúa hasta hoy, con más de cincuenta mil personas ayudando a identificar especies y sus migraciones. Pero, además de la masificación de estos métodos, lo que también ha cambiado es su forma de realizarse: internet, los smartphones y aplicaciones especialmente diseñadas están permitiendo una participación más numerosa y datos de mejor calidad en investigaciones en todas las áreas del conocimiento científico.

“La ciencia está limitada por el financiamiento, la disponibilidad de tiempo y los niveles de habilidades. Sin embargo, la posibilidad de hacer crowdsourcing de la información nos hace mejorar la relación costo-efectividad. El tiempo se multiplica”, explica Treinish. En el caso de su organización, más de mil atletas profesionales y amateurs en diversas áreas

-montañismo, ciclismo de ruta, navegación- se encuentran participando en proyectos de cien científicos. Las personas se inscriben en su web diciendo qué actividad realizan y dónde. Por su parte, los investigadores hacen lo mismo, pero explicando lo que necesitan de los ciudadanos comunes.

Hay estudios en los cinco continentes. Por ejemplo, un proyecto de avistamientos de ballenas y delfines en la zona de Vancouver para gente que hace kayaking o navega en veleros. Otro busca identificar efectos del cambio climático en un mismo lugar, comparando fotografías de archivo y las que los voluntarios pueden tomar. Otra iniciativa busca que los ciclistas informen, a través de una aplicación en sus teléfonos, de animales muertos en las carreteras. “La idea es que así los científicos obtengan datos de localización y especies para poder decir dónde y cómo tomar medidas de mitigación”, dice Treinish. Este proyecto permitiría disminuir los accidentes de tránsito provocados por animales en las vías, los que sólo en Estados Unidos causan daños por más de seis mil millones de dólares y afectan a un sinnúmero de especies.

“Los científicos siempre están necesitados de saber más. Información siempre es más poder”, explica Treinish. Pero no todo es tan fácil: la forma en que se consiguen estos datos y la calidad de la información recibida es clave para que la ciencia ciudadana funcione, y en la ONG tratan de asesorar a los científicos a la hora de adaptar un proyecto para la colaboración de público general. “Tienes que asegurarte que haya protocolos claros. Tiene que ser difícil equivocarse. Esto tiene que ser a prueba de idiotas”, concluye Treinish.

TODOS GANAN

Desde que escribió el libro The Genius of Dogs, hay una pregunta que a Brian Hare le hacen en casi todas las entrevistas que da: “¿Qué diferencias de inteligencia hay entre las distintas razas de perros?”. Pero, a pesar de que la ciencia ha avanzado enormemente en cuanto a conocer la mente de estos animales, aún no es posible responder esta interrogante, al menos por ahora. Hare, sin embargo, está pronto a publicar avances en esta materia, gracias a una herramienta de ciencia ciudadana que creó con su equipo en el Centro de Cognición Canina de la Universidad de Duke.

“En el centro, mis estudiantes y yo podemos hacer pruebas en 300 perros al año, quizás 500 si trabajamos muy duro. Eso no es nada. Pero Dognition cambia esto: ahora podemos tener información de miles de perros y así responder preguntas que hasta ahora no tienen respuesta”, dice Hare.

Dognition es una herramienta que funciona en la web, en tabletas o en teléfonos móviles y que, previo pago, permite a los usuarios conocer mejor a su perro, accediendo a una serie de juegos y pruebas sencillas que pueden realizar con su mascota, confeccionadas en base a la literatura científica existente en este campo. Luego de ingresar los resultados, las personas reciben un informe de catorce páginas sobre la personalidad de su perro, incluyendo especies de perfiles y comparación con otras especies. A su vez, la información alimenta las investigaciones del Centro de Cognición Canina, que dirige Hare, y el pago permite sostener el sistema y financiar nuevos estudios.

Pero, tal como explicaba Gregg Treinish, descansar en los datos de los ciudadanos tiene sus debilidades. “Hay muchas preguntas sobre la calidad de los datos en la ciencia ciudadana. Tienes que ser cuidadoso e implementar medidas de control de calidad”, explica Hare.

En Dognition no sólo se preocuparon de crear pruebas sencillas de entender y realizar, sino que también probaron el sistema con dos mil personas por seis meses. Además, monitorean el tiempo que demoran los usuarios en tomar el test: si están listos en poco tiempo, saben que esos datos no fueron tomados seriamente y se descartan. Pero lo que los tiene más tranquilos es que han comparado los resultados de las pruebas de sus usuarios con los obtenidos en investigaciones científicas previas. Uno de estos juegos, por ejemplo, busca saber si el perro es capaz de entender cuando se le apunta algo. Se le ofrecen dos premios y se apunta a uno. “Este ejercicio se ha replicado muchísimas veces en la literatura científica. 70% de las veces el perro elige el que se le indica. En nuestros datos, el porcentaje es de 68%. Si la gente hiciera trampa, nos daría un 90% o más, pero logramos los mismos resultados. Eso fue impresionante para mí”, dice Hare.

Todavía el científico de Duke se encuentra con escépticos, a los que les dice que, de partida, esto es un buen generador de hipótesis. “Esto nunca reemplazará la forma convencional de cómo hacemos ciencia, pero sí puede llegar a ser una herramienta increíblemente poderosa”, concluye Hare, “además, es win win. Tú aprendes de tu perro, pero al mismo tiempo contribuyes a un proyecto más grande”.

vía Qué Pasa.

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Publicado por en 4 junio, 2013 en Ciencia y Tecnología, Tecnología

 

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