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El juicio de Maturana: Le debo todo a un Chile que no existe, uno de educación gratuita

03 Mar

Humberto Maturana cuenta que cuando niño vivía en una mediagua. Que su madre era asistente social y que en los momentos en que las cosas mejoraron se cambiaron junto a su abuela a un cité. Dice que si hubiera nacido en estos tiempos, su suerte hubiera sido muy distinta a la que en definitiva tuvo: convertirse en médico de la Universidad de Chile, neurofisiólogo del University College de Londres, doctor en Biología de la Universidad de Harvard, autor de decenas de libros, entre ellos clásicos como El árbol del conocimiento y El sentido de lo humano.

Dice que esa suerte se llama educación gratuita. Y también salud gratuita: “Me enfermé del pulmón y la medicina pública me mantuvo gratis un año en el hospital y un año en el sanatorio… ¡Yo se lo debo todo a este país! ¡Todo! Sin la medicina pública, yo no me mejoro; sin la educación pública yo no puedo llegar a la universidad; sin la universidad gratuita… Y ahora resulta que me entrevistan porque soy una persona ‘tan importante’ y si me preguntan a qué se lo debo, les digo: al país, a Chile”.

Preocupado por el rumbo del debate en torno a la educación, el científico piensa que el primer problema es que los actores en el conflicto -autoridades y estudiantes-no están en el mismo plano.

“El gobierno honestamente quiere ayudar a corregir errores, deficiencias. Pero los estudiantes están pidiendo una cosa distinta: generar un espacio de convivencia en el cual no se cometan esos errores. No es un tema de voluntad, es un tema que tiene que ver con la comprensión de la naturaleza de lo que se pide o lo que se desea y la disposición de hacer algo. Sí, el gobierno corrige errores, compensa deficiencias, para compensar situaciones particulares… y no resultan satisfactorias, porque lo que se está pidiendo es una cosa radicalmente distinta”.

¿Son necesarios cambios de fondo en la educación?
Depende de cómo convivamos, de cuál sea nuestra actitud síquica. Si hay desigualdad o discriminación en la educación, quiere decir que hay una actitud fundamental que tiene que ver con que en el fondo se siente que la desigualdad es legítima. Si yo pienso que hay seres humanos de primera y de segunda clase, simplemente voy a separar a los de primera y segunda clase. Si pienso que hay seres humanos inteligentes y otros no tan inteligentes, los voy a separar. Y todos los seres humanos son esencialmente igual de inteligentes, porque la inteligencia tiene que ver con la plasticidad conductual en un mundo cambiante… y la plasticidad conductual que se requiere para vivir en el lenguaje es tan gigantesca, que si estamos en el lenguaje somos igualmente inteligentes.

Pero hoy en Chile el factor fundamental de desigualdad es el hogar donde nacemos; eso nos determina…
No nos determina. Constituye un punto de partida que no tenemos por qué conservar. Si reconocemos que, primero, todos los niños son igualmente inteligentes; que el que sigan un camino u otro no depende de su inteligencia sino del entorno; que las dificultades de los estudiantes no son nunca relacionadas con la inteligencia, sino que son del espacio emocional, particularmente en los niños más pequeños, entonces tenemos que preocuparnos de ese entorno en el cual los niños nacen atrapados, en un espacio que los deja segregados de partida, no por su condición humana sino por su condición circunstancial económica. Entonces tengo que modificar las circunstancias en que nació, no generar más discriminación. Por ejemplo, si genero colegios de excelencia y otros de no tanta excelencia, ¿qué estoy haciendo? Por supuesto que ahondando la diferencia, condenando a aquellos niños que se encontraron por circunstancias de la historia naciendo en un ámbito restringido, que les impide transformarse adecuadamente en su crecimiento como miembros de la comunidad, estoy condenándolos a algo que no es legítimo para ellos, siendo igualmente inteligentes que los otros.

El argumento del gobierno es que lo fundamental es la libertad de educar…
Es que no hay libertad de educar o de elegir si estoy en condiciones diferentes. Para que yo tenga libertad de escoger y otra persona a mi lado también la tenga, tenemos que estar en la misma posición inicial. Si quiero evitar esas discriminaciones, esas brechas, tengo que generar las condiciones para que este niño pueda tener las mismas posibilidades para el desarrollo de sus preferencias que este otro.

¿Hay herramientas para lograrlo? Tal vez hay que plantearlo como el gran objetivo… ¿o ya lo es ?
Yo creo que no, porque hay diferencias que tratamos como legítimas: si este niño nació en una cuna dorada y este otro nació en una cuna gris, decimos “circunstancias de la vida, no tengo nada que hacer”. Frente a esa actitud, lo único que haré es ahondar las diferencias. En cambio, si pienso que ésta es una situación accidental que no quiero que suceda, porque es ilegítima para un vivir humano cuando uno quiere un vivir democrático, entonces haré algo para que tengan condiciones de vida iguales.

¿Por qué cuesta tanto convencernos de esto que parece tan básico: que somos todos iguales y merecemos las mismas oportunidades?
Porque no se piensa que son iguales. De cierta manera no somos iguales: somos hombres y mujeres, somos altos y bajos, somos gordos y delgados… no somos iguales. En lo que somos iguales es en la inteligencia. Tenemos que cambiar nuestra psiquis, tenemos que aceptar que es cierto que hay una discriminación que no tiene ninguna justificación, que es un accidente histórico que queremos corregir. En la historia de Chile este reconocimiento de igualdad fundamental se ha intentado de varias maneras. En la Constitución del año 1925, con la declaración de que la educación es responsabilidad del Estado y que tiene que ser igual para todos. Y para que sea igual para todos se crea la educación primaria gratuita. Y se hace una concepción de lo fundamental que tiene que aprender un niño para ser un ciudadano legítimo. Eso es muy potente. Pero nos olvidamos de eso, porque la educación ya no es una responsabilidad del Estado, no está en la Constitución.

¿Y quién tiene la responsabilidad de dar el primer paso?
Bueno, todos: el gobierno, los políticos de una denominación y otra, las empresas, los ciudadanos. Todos tenemos la responsabilidad porque es un problema de nuestra convivencia democrática. Y cuando los jóvenes se manifiestan, no llaman la atención simplemente para decir “aquí estoy”, sino para invitar a la acción.

Cuando comenzaron las movilizaciones, el año pasado, las demandas eran netamente estudiantiles; pero después derivaron a otros temas, y se les criticó mucho, se decía: “Qué tienen que estar pidiendo cambios en la Constitución o una reforma tributaria”.
Todas esas cosas tienen interconexiones. Por ejemplo, hay que revisar la Constitución porque le da el carácter al país. Es completamente distinto tener una constitución que dice que la educación es un tema de competencia pública porque pertenece al espacio del mercado, a decir que la educación es un tema de responsabilidad pública porque pertenece a la noción de país que queremos hacer.

¿Qué carácter nos da la Constitución actual?
Si tengo en un momento determinado una constitución que dice “la educación es responsabilidad del Estado”, se toman ciertas medidas en un momento histórico particular que resultan en que efectivamente se mejora la capacidad de la comunidad. Hoy vemos que son los jóvenes los que están quejándose, pero muchos de los adultos que los escuchan pertenecieron a una historia distinta del espacio educacional. Yo mismo, por ejemplo. El cambio de la educación se hizo en 1980. Y todas las personas que tienen cincuenta años, sesenta años, vivieron una educación distinta, que hizo posible un país enorme. Cuando en Chile se produce el golpe militar, se produce un cambio radical y Chile no se desmorona. ¿Se ha preguntado usted por qué no se desmorona? Fíjese que en Cuba, cuando se produce la revolución, Cuba se desmorona, y tienen que ir de México, de Chile, de Colombia, de aquí y allá, una cantidad enorme de gente que va a apoyar eso que es nuevo, con la esperanza de que sea algo efectivamente nuevo, porque el país perdió toda o gran parte de su capacidad creativa. En Chile, se va gente con la reforma universitaria, se va gente porque vino Allende, se va gente por el golpe militar… y el país sigue vivo, sigue con capacidad intelectual, sigue con capacidad creativa, ¡sigue con capacidades! ¿Y de dónde venían esas capacidades? ¿Del extranjero? ¡De aquí, de Chile! De todo lo que había pasado hasta 1973 en la educación.

Pero esa educación llegaba solamente a unos pocos. Hoy existe educación, buena o mala, para muchos.
La población era menor, así que esos pocos significaban muchos para el país. No estoy diciendo que se resolvieron todas las cosas. Pero se siguió un camino, y ese camino, cuando viene el golpe y el éxodo, igual deja al país todavía con una capacidad productiva y creativa enorme. No estoy diciendo volvamos atrás: estoy diciendo que no miremos en menos nuestra historia. El sistema educacional que se creó ahondó las diferencias. ¿Entonces cuál es la queja de los jóvenes? Por favor, hagamos algo, no nos condenemos a estar discriminados como si fuésemos unos más inteligentes que otros, cuando no es el caso.

¿El problema de la desigualdad educacional sirve para explicar otras cosas que pasan en Chile, como la delincuencia, la discriminación…?
Yo creo que sí. Porque implica una psiquis, un modo de pensar que no pertenece exclusivamente al ámbito de la educación, pero allí se manifiesta, allí se puede ver. Es un modo de pensar que valida la discriminación, que pone un criterio de vivir que se llama excelencia, éxito, progreso, crecimiento…

Todas palabras que consideramos…
¡Discriminadoras!

Iba a decir “muy positivas”…
Sí, claro, pero son discriminadoras. Por ejemplo, el éxito. ¿Y qué es el éxito? Que yo soy mejor que el otro. Con lo cual conservo todas las cosas que me hacen mejor que el otro, vivo en competencia. ¿Y es mejor el que gana la competencia? ¿Es intrínsecamente mejor?

¿Y por qué no lo es?
Porque no es mejor intrínsecamente, sólo circunstancialmente. Una diferencia circunstancial la trato como intrínseca y genero una discriminación tremenda. La vida cotidiana de un país no es una competencia olímpica. Es otra cosa. La democracia es un espacio de colaboración en un proyecto común. Ésa es la intención de la democracia. Ésa es la obra de arte de la democracia.

¿Existe la posibilidad de que nos juguemos asuntos de fondo en las próximas elecciones?
Claro que existe la posibilidad. Lo que habría que hacer es realizarla: hay posibilidad porque hay una transición, una elección de un pensar… Ahora, ¿queremos hacer eso o no? ¿Tomamos efectivamente en serio esto de que es una transición de un pensar, una transición de una posición síquica distinta en un caso y en otro? Eso va a aparecer en la conversación. El problema con las elecciones es que las vivimos siempre como oposiciones.

Pero en las elecciones tiene que haber un ganador…
No tiene que haber un ganador: tiene que haber un elegido. Es distinto. Porque lo que hace una elección es asignar responsabilidad. Pero si yo lo pongo como ganador, la reacción es: “¡Ganamos, ahora tenemos el poder!”.
(*) Fuente/revistaquepasa/30.08.2012

¿PARA QUÉ SIRVE LA EDUCACIÓN?
Quiero empezar con el “para qué” por una razón muy simple. Porque si uno se pregunta ¿sirve la educación actual a Chile y a su juventud?, uno está haciendo la pregunta desde el supuesto de que todos entienden lo que la pregunta pide. Pero ¿es cierto eso? La noción de servir es una noción relacional; algo sirve para algo en relación a un deseo, nada sirve en sí. En el fondo la pregunta es ¿qué queremos de la educación? Pienso que uno no puede considerar ninguna pregunta sobre el quehacer humano en lo que se refiere a su valor, a su utilidad, o a lo que uno puede obtener de él, si uno no se pregunta lo que quiere. Preguntarse si sirve la educación chilena exige responder a preguntas como: ¿qué queremos con la educación?, ¿qué es eso de educar?, ¿para qué queremos educar?, y, en último término, a la gran pregunta: ¿qué país queremos?

Pienso que uno no puede reflexionar acerca de la educación sin hacerlo antes o simultáneamente acerca de esta cosa tan fundamental en el vivir cotidiano como es el proyecto de país en el cual están inmersas nuestras reflexiones sobre educación. ¿Tenemos un proyecto de país? Tal vez nuestra gran tragedia actual es que no tenemos un proyecto de país. Es cierto que no podemos jugar a volver al pasado. Sin embargo, como profesor universitario me doy cuenta de la existencia de dos proyectos nacionales, uno del pasado y otro del presente, claramente distintos, uno que yo viví como estudiante y otro que encuentro se ven forzados a vivir los estudiantes actuales.

Yo estudié para devolver al país lo que había recibido de él; estaba inmerso en un proyecto de responsabilidad social, era partícipe de la construcción de un país en el cual uno escuchaba continuamente una conversación sobre el bienestar de la comunidad nacional que uno mismo contribuía a construir siendo miembro de ella. No era yo el único. En una ocasión, al comienzo de mis estudios universitarios, nos reunimos todos los estudiantes del primer año para declarar nuestras identidades políticas. Cuando esto ocurrió, lo que a mí me pareció sugerente fue que, en la diversidad de nuestras identidades políticas, había un propósito común: devolver al país lo que estábamos recibiendo de él. Es decir, vivíamos nuestro pertenecer a distintas ideologías como distintos modos de cumplir con nuestra responsabilidad social de devolver al país lo que habíamos recibido de él, en un compromiso explícito o implícito, de realizar la tarea fundamental de acabar con la pobreza, con el sufrimiento, con las desigualdades y con los abusos.

La situación y preocupaciones de los estudiantes de hoy han cambiado. Hoy los estudiantes se encuentran en el dilema de escoger entre lo que de ellos se pide, que es prepararse para competir en un merado profesional, y el impulso de su empatía social que los lleva a desear cambiar un orden político cultural generador de excesivas desigualdades que traen pobreza y sufrimiento material y espiritual.

La diferencia que existe entre prepararse para devolver al país lo que uno ha recibido de él trabajando para acabar con la pobreza, y prepararse para competir en el mercado ocupacional, es enorme. Se trata de dos mundos completamente distintos. Cuando yo era estudiante, como ya lo dije, deseaba retribuir a la comunidad lo que de ella recibía, sin conflicto, porque mi emoción y mi sensibilidad frente al otro, y mi propósito o intencionalidad respecto del país, coincidían. Pero actualmente esta coincidencia entre propósito individual y propósito social no se da porque en el momento en que uno se forma como estudiante para entrar en la competencia profesional, uno hace de su vida estudiantil un proceso de preparación para participar en un ámbito de interacciones que se define en la negación del otro bajo el eufemismo: mercado de la libre y sana competencia. La competencia no es ni puede ser sana porque se constituye en la negación del otro.

La sana competencia no existe. La competencia es un fenómeno cultural y humano y no constitutivo de lo biológico. Como fenómeno humano la competencia se constituye en la negación del otro. Observen las emociones involucradas en las competencias deportivas. En ellas no existe la sana convivencia porque la victoria de uno surge de la derrota del otro, y lo grave es que, bajo el discurso que valora la competencia como un bien social, uno no ve la emoción que constituye la praxis del competir, y que es la que constituye las acciones que niegan al otro.

Recuerdo haber asistido a un curso de economía dictado en la Universidad Católica por un economista de la escuela de Chicago, pues quería entender a los economistas. El centró su discurso en las leyes de la oferta y la demanda. Nos habló de los reemplazos de importaciones por producciones locales y de las exportaciones en el libre mercado, destacando las bondades de la sana competencia, etcétera. Yo le pregunté si en el encuentro mercantil hay alguna diferencia cuando los que participan en él son amigos y se respetan, con respecto a cuando no lo son, no se conocen y no se respetan. El no supo qué contestar. Por lo menos eso me reveló que era una pregunta que jamás se había hecho, porque quien se haga esa pregunta no puede sino trabajar para obtener una respuesta, pues se trata de una pregunta fundamental. No es lo mismo un encuentro con alguien que pertenece al mundo de uno y a quien uno respeta, que un encuentro con alguien que no pertenece al mundo de uno y que es para uno indiferente, aunque esto sea en la simple transacción mercantil que nos parece tan obvia y tan clara. No es lo mismo porque las emociones involucradas son distintas.

De modo que los jóvenes chilenos están ahora, implícita o explícitamente, empujados por el sistema educacional actual a formarse para realizar algo que no está declarado como proyecto nacional, pero que configura un proyecto nacional fundado en la lucha y la negación mutua bajo la invitación a la libre competencia. Aun más, se habla de libre competencia como si esta fuese un bien trascendente válido en sí y que todo el mundo no puede sino valorar positivamente y respetar como a una gran diosa, o tal vez un gran dios, que abre las puertas al bienestar social, aunque de hecho niega la cooperación en la convivencia que constituye lo social.

vía Revolución.

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Publicado por en 3 marzo, 2014 en Miscelaneo, Política

 

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