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Archivos Mensuales: octubre 2014

Sepulturero de la Caravana de la Muerte Rompe el Silencio 40 Años Después

Casi al atardecer del 19 de octubre de 1973, el grupo de soldados baja con displicencia los 26 cadáveres de un camión. Cerca de ahí, detrás de los cerros, está la carretera que une Calama con San Pedro de Atacama. Víctor Gutiérrez Ramírez, 19 años, cabo del Ejército y hombre de confianza del teniente Contreras, bebe un sorbo de pisco puro que le fue entregado para darse valor. Tras esto, se echa un cuerpo a la espalda y camina lento, casi zigzagueando. Los fluidos que expele el fallecido le hacen apurar el paso. La fosa que ya está dispuesta es de un metro 80 de profundidad y de una dimensión comparable a un jacuzzi. Apila el cuerpo, que minutos antes fuera acribillado por fusiles Sig, y respira.

Gutiérrez reconstruye las ejecuciones según relatos que conoció después:

“Algunos prisioneros fueron acribillados en ráfaga de 20 tiros por fusil; en consecuencia sus cuerpos quedaron prácticamente destrozados. A uno de los prisioneros le dispararon en el bajo vientre y su cuerpo se vino hacia adelante; sin embargo a puras ráfagas lo levantaron hacia atrás. Todos los cuerpos soltaron los esfínteres. Fue deplorable lo que hicieron con ellos”.

Los excesos continúan antes de ser enterrados en la fosa. Esto vio Gutiérrez:

“Algunos soldados estaban nerviosos. Cuando fueron acomodados los cuerpos, alguien vio que uno de estos pareció moverse. Debimos tranquilizarlo antes que le disparara”.

El acto más infame lo comete un cabo de apellido Concha:

“Con su corvo le cortó el dedo anular a algunos cadáveres para extraerle el anillo de matrimonio. Mientras cortaba, el cabo decía: este oro servirá para la reconstrucción nacional”, dice Gutiérrez.

-¿Se ha encontrado hoy con alguno de sus compañeros?-

-He visto a dos, pero nadie saluda ni siquiera mira. Uno de estos maneja un taxi en Antofagasta. Otros continuaron en el ejército.

-¿Hay un pacto de silencio?-

-En ese momento nuestros superiores nos recalcaron que no debíamos contarle ni a la familia de lo que sucedió ese día; a nadie. A la vez, había un temor tácito pues quienes hablaban podían correr la misma suerte de los prisioneros. Deshumanización La vorágine de aquellos días, genera una deshumanización entre los soldados, que Gutiérrez, intenta explicar. “Proyectábamos temor entre la gente. Había detenciones arbitrarias sólo porque tal persona te miró mal o antes, hablo mal de ti. Se detenía sin previa explicación”.

Gutiérrez recuerda que, entre otras acciones, resguardó prisioneros.

“Ellos se ubicaban por horas en cuclillas y con las manos en la nuca; así quedaban indefensos. Había otro método en que uno les echaba la espalda hacia adelante y caían como dominó”.

-¿Qué lleva a algunos solados a cometer ensañamientos?

-Hay estados mentales que derivan en situaciones de abuso como el continuar golpeando al no existir respuesta. La respuesta pasiva ante los golpes genera más castigo. En general, la tortura fue un triste acto de cobardía; de abuso de poder. Hay un ejemplo: el marido que golpea a su esposa. Al no haber respuesta; la violencia intrafamiliar continúa. Cuando las fuerzas en disputa son similares la situación cambia. En este caso el ejército de Chile no tuvo respuesta del otro lado, la supuesta subversión. Al final el abuso de poder corrompió y sucedió lo que todos saben.

-¿A su juicio, que responsabilidad tuvo Pinochet?

-Hay una frase del general: En Chile no se mueve una hoja sin que yo lo sepa. Eso lo resume todo. Pinochet siempre estuvo al tanto de lo que sucedía en Chile y en su ejército. Al final, los ingleses hicieron el trabajo de la justicia chilena. A la vez, Arellano Stark y Contreras (“Mamo”) han recibido un castigo mínimo por las atrocidades que se cometieron.

A Gutiérrez le pregunto cómo ha sido convivir 40 años con esto. El hombre guarda silencio. Dice que dos veces se ha quebrado contando; ambas con sus hijas. Ahora se mantiene firme. Confiesa que casi todo se puede resumir en algo es que no puede ver películas de guerra, pues le afloran las imágenes.

“No pretendo justificarme, sin embargo la carga sicológica siempre está presente”, afirma este hombre que no exagera ni teme.
Rodrigo Ramos

vía El Ciudadano.

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Publicado por en 30 octubre, 2014 en Política

 

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Joan Manuel Serrat: Hace 50 años

 

Todo empezó la mañana del 18 de febrero de 1965. Ràdioscope era uno de los programas más populares de la radio catalana, se retransmitía a diario y en directo desde el estudio Toresky de Radio Barcelona. Esa mañana Salvador Escamilla, su creador, presentó a un joven del Poble Sec barcelonés que había escrito algunas canciones en catalán. Y no solo le abrió las ondas de la radio más escuchada del momento sino que lo recomendó a la discográfica Edigsa, la que cortaba el bacalao en cosas de cançó catalana. Así, en cosa de pocas semanas un aún desconocido Joan Manuel Serrat pasó a grabar su primer disco, e incorporarse, previo examen, a Els Setze Jutges (fue el miembro número trece) e iniciar sus primeros conciertos públicos (el primero en mayo de ese año en Esplugues de Llobregat).

Ahí comenzó todo pero la historia había empezado un poco antes, exactamente el 27 de diciembre de 1943. Ese día al segundo hijo de Josep y Ángeles le pusieron por nombre Joan Manuel. Un niño espabilado que estudiaría para perito agrícola mientras aprendía a manejarse con una guitarra y se dejaba impresionar tanto por la canción francesa como por la copla, la zarzuela o el tango. De esa impresión surgió El mocador, su primera canción, y el inicio de una de las carreras artísticas más importantes del siglo XX. Una carrera que ya comenzó como tal. Serrat no entró en Els Setze Jutges con una idea de reivindicación de la lengua y la cultura o como una afición complementaria a un trabajo “más serio”. Serrat quería ser cantante y estaba dispuesto a conseguirlo, probablemente por ello fue el primer Jutge que se profesionalizó y el único de los trece iniciales que edificó una carrera de continuidad que le llevará a celebrar el próximo febrero los primeros cincuenta años en la profesión (una cifra que se dice rápido pero de la que muy pocos en la Península pueden presumir).

A aquel primer mocador, que figuraba también en su primer disco, siguieron algunas canciones que marcarían indefectiblemente el panorama catalán (y la estela aún dura): Ara que tinc vint anys, Cançó de matinada, Paraules d’amor o La tieta. Ya en 1967 Serrat realizó sus primeros conciertos en solitario en el barcelonés Palau de la Música Catalana, la meca soñada de cualquier músico, e inmediatamente después protagonizó su primer especial televisivo cantando en catalán para todo el estado.

El paso siguiente era lógico y coherente: cantar en castellano, a pesar de la oposición de muchos de sus compañeros de la cançó, y de ahí a Eurovisión, que todavía era un festival serio, un simple suspiro. Pero todo se lió alrededor de ese festival, al final Serrat declinó participar (fue Massiel y ganó) pero dejó la canción grabada en varios idiomas para demostrar su apertura de miras. Su público ya no era solo el catalán o el español, su público estaba en todo el mundo y se lanzó a demostrarlo.

Mientras América Latina le abría las puertas de par en par, en España la censura franquista maltrataba alguna de sus canciones y más tras su encierro en Montserrat protestando contra el juicio de Burgos en 1970 o, en 1975, sus declaraciones contra los fusilamientos del régimen español. La continuación fue un año de exilio, un regreso apoteósico y su imagen convertida en uno de los iconos de la transición apoyando a Felipe González.

A partir de ahí Serrat ha vivido con un pie en la Península y otro en el continente americano y sería difícil afirmar en qué lado del Atlántico es más querido y respetado. En Argentina o Chile lo sienten tan suyo como en el mismísimo Poble Sec barcelonés. Y, en realidad, así es porque Serrat ha conseguido convertirse en un sentimiento colectivo fácilmente compartible más allá de atisbos geográficos. Los Cantares o la Saeta de Antonio Machado, el Para la libertad de Miguel Hernández o sus propias Mediterráneo, Hoy puede ser un gran día, Pare o Tu nombre me sabe a yerba son ya canciones populares en todo el sentido de la palabra, de esas (pocas) que se seguirán cantando incluso cuando su autor haya desaparecido de la memoria colectiva porque son canciones que forman parte de esa memoria colectiva independientemente de quien haya sido su autor.

De la guitarra solitaria a la orquesta sinfónica, de las canciones propias a las versiones de la nova cançó o del cancionero latinoamericano, de la música tradicional a la poesía con mayúsculas (de Machado a Salvat Papasseit), de la democracia a la ecología, del amor al desamor, … Todo cabe en el universo serratiano, el de todos, y escuchándole en cualquiera de esos contextos se comprende que no es casual que lleve ya (el galimatías es suyo) más de veinte años diciendo que hace veinte años que dice que tiene veinte años, que todavía tiene fuerza, que no tiene el alma muerta y siente hervir la sangre. Y los que quedan

vía EL PAÍS.

 
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Publicado por en 30 octubre, 2014 en Arte y Cultura, Letras, Música

 

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