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Mi padre el Che: Anécdotas de Aleida Guevara

El Che junto a Aleidita y Camilo, el 24 de mayo de 1963. Foto: Cortesía del Centro de Estudios Ernesto Guevara.

Aleida Guevara tenía solo 7 años cuando murió su padre. Era apenas una niña cuando escuchó de su madre aquellas letras en las que el Che se despedía de sus hijos con un triste “si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté entre ustedes”, y aunque son muy pocos los recuerdos que guarda en su memoria, los escritos, las historias ajenas y los relatos de su madre, la han ayudado a reconstruir al Ernesto Che Guevara padre, al hombre capaz de combinar en su justa dimensión la ternura familiar con sus responsabilidades como revolucionario.

Con motivo del aniversario 89 del natalicio del guerrillero heroico, Cubadebate comparte algunas de las historias contadas por la hija mayor de Ernesto Che Guevara y Aleida March, como parte del documental “Ausencia presente”, del Centro de Estudios Che Guevara.

¿Por qué quiero a mi papá si no lo tuve casi nunca a mi lado?

Según narra el documental, esta interrogante llegó con fuerza a la cabeza de Aleida Guevara cuando tenía 16 años. Antes no había reparado en ello. Ocupó su asiento cuando él faltó, se arropó con la armazón de que no podía llorar su muerte porque a su padre no le hubiera gustado, y sin darse cuenta, la niña que no llegaba a 10 años ya sabía cómo el Che tomaba el agua, el café, el vino y lo sentía presente en la casa.

“Los padres no siempre tienen automáticamente el afecto y el cariño de sus hijos, hay que cultivarlo, ganarlo, y mi papá no había tenido tiempo para hacerlo. Sin embargo, siempre lo he querido, lo he respetado y lo he admirado. En aquel entonces, me pregunté por qué”, cuenta Aleida, devenida médico pediatra.

Buscó en su memoria entre imágenes y recuerdos, y cada uno de ellos le fueron demostrando que, efectivamente, “a pesar del poco tiempo que convivimos, mi papá se había ganado ese afecto, ese amor y ese respeto que siempre he tenido por él”.

“Papi demostró que era un hombre con una gran capacidad para amar, y que a pesar de la distancia y el tiempo, logró que nosotros lo quisiéramos y lo amaramos”

El recuerdo más especial de su padre

Ernesto Guevara junto a su esposa Aleida March y sus hijos. Foto: Cortesía Centro de Estudios Ernesto Guevara.

Hay muchos recuerdos que viven en la memoria de la hija del Che, la mayoría impulsados por terceras personas, pero hay uno que asegura Aleidita permanece intacto entre sus vivencias, y que nunca nadie ha interferido en él.

“Es una imagen que ha quedado en mi memoria y para mí es de las cosas más tiernas. Esta mi papá vestido de militar, y yo estoy mirándolo como de un perfil. Mi madre está de espaldas a mi papá y en su hombro está la cabecita de mi hermano más pequeño, Ernesto, que apenas tiene un mes de nacido. Él, con una mano grande, está tocando la cabecita del niño, pero lo hace de una manera muy especial… hay mucha ternura en esa escena. Yo tenía apenas cuatro años y medio, y recuerdo perfectamente lo que estoy diciendo. Mi papá quizás se estaba despidiendo, no lo sé, muchos años después yo supe que esos fueron los últimos momentos que estuvo con nosotros. Pueden haber sido muchas cosas, pero lo que sí es cierto es que muchos años después yo mantengo muy fresca esa imagen, y es la última que me queda de ellos dos juntos”.

El regalo de papá

Quizás una de las anécdotas más lindas contadas en el documental tenga que ver con la que muestra a un Ernesto Che Guevara detallista. Todavía en la actualidad, Aleidita conserva dos de los regalos que la han unido por siempre a su padre: un león de peluche, y una muñeca. ¿Pero cuál es la historia detrás del día en el que el Che regaló un león de peluche a su hija? Aleidita lo reconstruye de este modo:

“Un día mami se da cuenta de que yo empiezo a tener mucha dificultad para ir al baño en la noche sola. Ella comenta esto con mi papá, pero a la vez encuentra un libro de un cuento muy simpático donde un niño que tiene mucho miedo se encuentra con un león, y este león lo acompaña hasta que el niño pierde el temor.

Ella le hace esta narración a papi, que no estaba en Cuba porque estaba por los países africanos y él decide mandarme de regalo un león de peluche. Fue una cosa muy bonita para mí, y ahora que soy adulta lo valoro mucho más, porque era un león que representaba el verdadero animal del cuento; por tanto, iba a ser mi compañero a partir de ese momento. Además, era un regalo de mi papá, que casi no lo hacía, porque papi en esas cosas era muy austero”.

Flores para Camilo

Entre las imágenes que aparecen en la memoria de Aleidita, hay una de la que no puede despegarse y que la ha marcado para siempre. Se trata de aquella primera vez en que, junto a su padre, echó flores al malecón en tributo a Camilo Cienfuegos.

“Recuerdo una tarde en el malecón, papi iba a manejando el carro, con mami, Camilo y yo, y de pronto paró el auto. No recuerdo si íbamos al malecón en especial o si íbamos por la zona, lo que si sé es que paramos. Él nos bajó a Camilo y a mí, nos encaramamos encima del muro del malecón, y habló con nosotros. Algo nos explicó, no recuerdo con exactitud, pero sé que fue el primer momento en que yo recuerdo haber tirado una flor al mar a Camilo”.

Mamá, este hombre está enamorado de mí

El Che, cuando viaja a Cuba bajo el nombre de Ramón Benítez, donde selecciona a los combatientes que lo acompañarán en su expedición a Bolivia y desarrollará con ellos los entrenamientos militares necesarios. Foto: Archivo.

Uno de los recuerdos más impresionantes es el del día en que vieron por última vez a su padre sin saber que se trataba de él, porque venía disfrazado de Ramón.

“Mami nos lleva a todos a cenar y nos dice que se trataba de un amigo de mi papá. (…) Me dicen que este hombre es español, y yo inmediatamente le digo, pero tú no pareces español. Todo el mundo en ese momento se sintió raro, porque si una niña de apenas 5 años de edad puede decir que este hombre no es español, todo el trabajo que habían pasado transformando a mi papá era en vano, porque no sería creíble para otras personas. Mi papá me pregunta, por qué dices eso, y yo le dije, “se me ocurrió”.

“Seguimos conversando hasta que él nos invitó a cenar. (…) Esa noche cuando él se sienta se sirve el vino tinto puro, y papi siempre tomaba el vino tinto con agua. Así que yo me levanto como un resorte de mi lugar y le digo, oye ves, tú no eres amigo nada de mi papá, porque mi papá se toma el vino tinto con agua y tú te lo estás tomando puro. Tomé una botella de agua y le eché agua en su vino y le dije, “ahora tómalo, porque así es como realmente es rico”. Dice mami que el hombre no cabía dentro de la ropa, estaba súper orgulloso de que aquella mocosa de apenas 5 años defendiera con tanta pasión los gustos de su papá.

“Después de cenar empezamos a jugar mis hermanos y yo, y me resbalé y me di un golpetazo enorme en la cabeza. Mi padre me toma en sus brazos, me palpa. Hay un contacto muy especial porque él era médico, pero era mi papá y son muchas las preocupaciones que tenía encima. De alguna manera me protege. Entonces yo empiezo a dar vueltas alrededor de mi mamá y le digo, tengo que decirte un secretico, y mi mamá me dice que no se dicen secretos, hasta que papi le dice que, o me dejaba decir el secreto o yo no los iba a dejar hablar. A plena voz he gritado: “mamá, yo pienso que este hombre está enamorado de mí”.

“Fue impactante en ese momento porque mi papá se emocionó. Dice mami que ella vio sus ojos muy tristes, porque él quizás quiso decirme que, efectivamente, estaba enamorado de mí porque era su hija, pero no podía hacerlo. Si lo hacía al otro día yo diría a todo el mundo que había visto a mi papá y él estaba clandestino en Cuba”.

El día de la triste noticia de la muerte

Ernesto Che Guevara junto a Fidel, y su hija Aleida Guevara. Foto: Cortesía del Centro de Estudios Che Guevara.

¿Cómo decirle a una niña de seis años que no verá más a su padre? El día de la muerte del Che no ha podido despegarse de la memoria de Aleidita.

“Hay imágenes que vienen de pronto: estoy en un auto, dando vueltas en la calle, y de pronto empiezo a ver imágenes de mi papá. Son fotos grandes, y no entiendo por qué hay tantas fotos suyas, no leo corrido todavía, tengo 6 años, no llego a 7, y me cuesta trabajo leer rápidamente”.

De aquel triste día, Aleida recuerda una conversación con Fidel:

“Me llevan esa noche al lugar donde vivía mi tío y me dicen que él quería hablar conmigo. Mi hermana mayor también estaba ahí, y me pareció raro. Él nos recibe, habla con nosotros normal, muy tranquilo, y después de comer nos dice que tenía que darnos una noticia. Dice que ha recibido una carta de mi papá, donde le pide que hable con nosotros. Explica que mi papá plantea que si él un día muere en combate, nosotros no deberíamos llorar por él, porque él habría muerto como quería y cuando un hombre muere como quiere no puede de ninguna manera llorarse. Después supe que él quería darnos la noticia, pero mi mamá no le permitió que lo hiciera conmigo, ella quería dármela personalmente.

Aleida recuerda el día siguiente cuando habló con su mamá y supo que algo malo había sucedido.

“Yo la vi ese día como destruida, era una cosa difícil. Como no sabía cómo reaccionar, puse el plato de sopa sobre la mesa y le dije: “mamá que te pasa, por qué estás así?”

“Ella me sentó en la cama y me dijo, tengo que hablar contigo. Yo no recuerdo en ningún momento que mi mamá me haya dado la noticia. Ella sacó una carta y la empezó a leer. Mi mamá estaba llorando leyendo la carta y al final dice: un beso grande de papá. Esa niña pequeña unió las dos frases, la de adelante y la del final, y se dio cuenta de que ya nunca más iba a tener papá. Me acuerdo de que una lágrima iba a salir, y me acordé de mi tío Fidel. Me incorporé en la cama y le dije a mi mamá: no podemos llorar, si mi papá murió, murió combatiendo como él quería, y no se puede llorar por los hombres así. Es el recuerdo que me queda de esa noche, cuando por primera vez supe que mi papá había muerto”.

La última despedida de una historia de amor

Cuando en el año 1997 regresaron a Cuba los restos del Che y sus compañeros, Aleidita, sus hermanos y madre, fueron a recibirlos.

“Recuerdo la impresión de ver a mi mamá llorando, temblando, y en un momento determinado no pudo soportar más la tensión y dijo: “este hombre cargó a mis hijos, este hombre me amó, y ahora solo veo esta pequeña cajita frente a nosotros. Fue un momento difícil, pero ella estuvo siete días junto a mi padre como si no lo pudiera dejar solo. Era como si se estuviera despidiendo de una historia de amor”, recuerda Aleidita.

Una de las anécdotas más simbólicas en relación con ese día sucedió una jornada antes de que enterraran sus restos.

“Ella empezó a llorar. No sabíamos que hacer porque se había comportado con mucha dignidad y valor hasta el momento, y le preguntamos ¿qué pasa mamá? ¿en qué te podemos ayudar? Ella dijo: cuando tu papá partió yo le di un pañuelo blanco y negro para que lo llevara con él siempre, y él escribe en uno de los escritos que hizo en el Congo y habla de ese pañuelo, y dice que fiel hasta en la muerte lo llevaría siempre. Por razones de la vida nunca apareció el pañuelo junto a sus restos, pero mi mamá tenía otro igual y quería ponerlo en sus restos pero no sabía cómo. Así que tomamos el pañuelo y mi hermana lo coloco junto a su cadaver”.

Aleida Guevara recuerda a su padre, en documental Ausencia presente

El Che junto a su hija Aleidita en mayo de 1964. Foto: Cortesía del Centro de Estudios Che Guevara.

Carta de despedida del Che a sus hijos

A mis hijos

Queridos Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto:

Si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté entre Uds.

Casi no se acordarán de mi y los más chiquitos no recordarán nada.

Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones.

Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario.

Hasta siempre hijitos, espero verlos todavía. Un beso grandote y un gran abrazo de Papá

(Estos son algunos de los recuerdos compartidos por Aleida Guevara en el documental “Ausencia presente”, del Centro de Estudios Che Guevara)

Origen: Cubadebate

 
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Publicado por en 14 junio, 2017 en Política

 

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Aleida Guevara: “Ninguna persona con intereses económicos fuertes va a dar pie atrás para que su pueblo aprenda”

En su paso por territorio chileno, la hija mayor del segundo matrimonio del Ché, se dio el tiempo de conversar sobre cómo se están encausando en nuestro país, y en el mundo entero, consignas como el movimiento estudiantil y los derechos de la mujer. Además, la pediatra cubana abrió su corazón para desarchivar aquellos escasos recuerdos que compartió con su padre antes de su muerte, cuando ella apenas tenía siete años.

Sentada en un cafecito en Bellavista, frente a un mural de casi dos metros donde aparece plasmada la cara del Ché, Aleida dice que le gustaría tener más recuerdos sobre su padre. Poco a poco ha tenido que irse reconstruyendo esa memoria propia a través de los relatos de su madre y esos amigos de la familia que ella llama “compañeros”. Pero también ha aprendido a cavar en lo más recóndito de sus experiencias de niña para extraer pedazos de momentos que le han dado cierta lógica a ese amor enorme, testarudo, incondicional, que siente por quien al mismo tiempo, es amado, adorado, idolatrado en el mundo entero. Son imágenes como fotografías que se tomaron en esa vieja casa en La Habana donde vivieron los seis y donde el Ché pasaba el poco tiempo que no le dedicaba a la revolución.

“Yo tenía 16 años y un día me pregunté por qué quiero a mi papá si prácticamente no lo he tenido a mi lado nunca. Empecé a preguntarme cosas y ahí es donde me ayudó mi mamá y muchos amigos a rescatar esos recuerdos. Mis hermanos me dicen que tengo memoria de elefante porque hay cosas que no saben cómo me acuerdo de ellas. Pero es un esfuerzo que tú haces para entender y saber: ¿este hombre me amó o no me amó? Y así fui buscando elementos que demostraron plenamente que sí, que sí me había amado extraordinariamente”.

-Tú eres la mayor de los cuatro hermanos. Entendías mejor las cosas, podías conversar con él. Fuiste con la que más relación tuvo.
-Las niñas normalmente tienden a ser cercanas con el papá y los niños tienden a ser más apegados a su madre. Y eso pasó en mi casa. Además mi papá era ‘besucón’ y yo también, entonces con ese tipo de cosas era fácil la comunicación. A veces me daba un poco de miedo porque era un hombre que yo no veía todos los días ni a todas horas. De noche, a la hora que él llegaba, yo estaba en mi cama, y me besaba. O muchas veces me quedaba dormida con mi mamá como muchos niños hacen, y cuando él regresaba del trabajo me tomaba entre sus brazos y me llevaba a mi habitación pero me daba un beso tan apretado que casi siempre me despertaba. En medio de la noche la sombra de un hombre apretándote, me asustaba. Ese era mi papá.

-¿Qué dirías que heredaste de él?
-Todos nosotros somos muy apasionados. Pero mi mamá también lo es. Entonces no puedo definirte con exactitud, esto es de mi papá y esto es de mi mamá. Ella fue quien nos educó, pero nos educó con el ejemplo de él. Nos enseñó a conocerlo, a quererlo, a respetarlo, a admirarlo. Yo hoy día soy una mujer socialmente útil porque mi mamá me lo inculcó, siguiendo las normas de mi papá.

-Esa “utilidad social” de la que hablas, decidiste encausarla como médico. Tú eres pediatra ¿por qué escogiste esa vía?
-Yo soy médico alergóloga pediatra. Lo traigo de niña, muy chiquita. Yo tenía cuatro años cuando ‘Erne’ llegó —el menor de los hermanos, nacido en 1965—, y siempre fue como mi muñeco. Mi “muñecón”, yo le decía. Me sentí su mamá desde que nació y durante muchos años tuvimos esa relación. Fue linda para mí esa etapa, la recuerdo con mucho cariño, como una cosa muy especial. Entonces de pequeña yo empecé a decir “¡yo voy a ser médico de niños! ¡Yo voy a ser médico de niños!” porque no sabía decir pediatra. Y así fue.

Cuando la única vía que queda es luchar

Aunque los recuerdos no han llovido por montones, Aleida adoptó las consignas de la revolución cubana rápidamente. Tras la muerte del Ché en Bolivia, la familia se resguardó al alero de su amigo y compañero Fidel Castro, y fue protegida y respetada por el pueblo cubano. Al crecer, Aleida dejó su ciudad natal para estudiar en Nicaragua —donde se graduó en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua— y luego viajó a desempeñarse como profesional en otros países tales como Angola, en África, donde en 1975 un contingente cubano llegó para intervenir en la guerrilla civil post-independencia y respaldar al brazo armado del Frente Nacional para la Liberación de Angola. Allí y a través del resto de sus viajes por el mundo, la mujer ha ido observando y desarrollando sus teorías sobre la relevancia de la lucha social.

-¿Qué opinas del movimiento estudiantil en Chile? ¿Cómo explicas que haya explotado en un país con cifras de crecimiento económico y empleabilidad que son altas?
-Tengo una teoría. Una vez visité Brasil y me sobrecogió mucho ver a los niños en la calle. Entonces pensé “hay un momento en que el ser humano llega a su límite de paciencia y tiene que decir o muero de hambre o muero intentando cambiar esta realidad, porque no te dejan otra alternativa”. Pero después me cuestioné si yo pensaba así porque fui educada en Cuba. Y conocí una mujer del Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra llamada Rosa que no sólo dijo exactamente lo que yo pensaba sino que lo hizo. Murió defendiendo un pedazo de tierra para dar alimento a sus hijos. Ahí aprendí que no importa la ideología, no importa el nivel cultural, llega un momento en que tú respondes. Toda esta política neoliberal que está viviendo nuestro continente lleva a nuestros pueblos hasta sus límites, no pueden más. Y en este momento es muy bueno que los estudiantes tomen la vanguardia porque los estudiantes tienen un nivel cultural, pueden encausar esa fuerza por un camino adecuado, no se diluye la fuerza.

-Hay una discusión sobre si la vía política es el camino para introducir esos cambios o si no es suficiente ¿Qué opinas tú?
-Depende de lo que quieran. Si ellos solamente quieren una reforma estudiantil y el Estado se los concede puede quedar allí. Pero si ellos están buscando una reforma social para su pueblo entonces la cosa cambia porque ninguna persona con intereses económicos fuertes va a dar pie atrás para que su pueblo aprenda. No le interesa, al contrario, le perjudica. ¿Cuándo un país es verdaderamente libre? ¿Cuándo un pueblo es realmente libre? Cuando es culto porque nadie lo engaña, nadie lo manipula, nadie lo utiliza. Ustedes tienen que definir qué quieren y dependencia de ese objetivo será la decisión que van a tomar para llegar a él. Pero sólo ustedes pueden decidirlo.

-¿Cuál es el desafío pendiente que tiene aún que enfrentar la mujer de nuestros días?
-Quizás es que nos escuchen más, que nos tengan presentes. A lo mejor, cuando aprendan a conocernos de cerca y a vernos de verdad entonces entiendan que siempre hemos estado y que sin nosotras no se camina más aprisa. Hay una frase de José Martí, el más completo hombre cubano de todos los tiempos, que dice “las campañas de los pueblos son débiles cuando en ellas no se alista el corazón de la mujer; pero (…) cuando la mujer culta y virtuosa unge la obra con la miel de su cariño, la obra es invencible”. Y eso es verdad. Porque la mujer no solamente está defendiendo sus ideales, lo que cree. Está defendiendo también el fruto de su vientre, lo que nos da una fuerza extraordinaria.

Amor guerrillero

Parte del origen de ese amor, ese reconocimiento, esa gratitud y ese respeto que Aleida profesa por la figura de la mujer en la sociedad, nació muy de cerca. No debe ser fácil ser la hija de una guerrillera, menos de quien se convirtió en la última amante, esposa, amiga y compañera que Ernesto “Ché” Guevara tuvo en vida: Aleida March. De ella se trata todo esto. Su primogénita está de visita en Chile para presentar su libro “Evocación: Mi vida al lado del Ché”, donde narra sus propios orígenes en el campo y luego como joven guerrillera, su adhesión a la causa cubana, cómo se incorpora a la base ubicada en la meseta de Escambray, el amor que allí nació con el líder revolucionario y su posterior muerte. Toda una secuencia de intensas vivencias que hasta ahora la mujer no se había atrevido a rememorar y mucho menos plasmar en un libro.

“Cuando mi papá murió, mi mamá tuvo que cerrar los recuerdos, congelarlos en el tiempo, porque si no hubiese sido muy difícil seguir viviendo. Yo recuerdo a mi mamá jugando con nosotros de niños. Mi abuela peleaba porque los fines de semana los cuatro amanecíamos al lado de mi mamá. Después de que ‘papi’ murió ningún juego de esos volvió a existir. Ella tenía una tristeza tan grande encima que al inicio yo creo que le costaba hasta respirar. Los primeros años no recuerdo una sola sonrisa de mi mamá”.

-¿Qué fue lo que terminó por convencer a tu madre de escribir este libro?
-Se dio cuenta de que había mucha gente escribiendo tonterías sobre mi papá y que nadie mejor que ella que lo conoció al desnudo, completo, y al fin se decidió. Pero fue difícil. Recuerdo que los primeros momentos en los que ‘mami’ estaba grabando sus recuerdos yo pasaba al lado de su despacho y la sentía llorar y llorar. Un día le dije “mamá, si te da tanto dolor, no lo hagas”, pero por suerte no me hizo caso y siguió.

-¿Y cómo fue leerlo por primera vez? ¿Descubriste cosas que no sabías o entendiste otras que antes no te cuadraban?
-Fue lindísimo. Recuerdo que fui a Italia porque tenía que presentarlo en la feria del libro y no lo había leído entero todavía. Así que lo terminé de leer allí. Esa noche tenía que reunirme con los editores y yo llegué a la comida con los ojos hinchados. Yo sabía el final, yo lo viví, pero de todas maneras sentirlo a través de ella, el desgarramiento tan grande, la pérdida extraordinaria que fue para esa mujer perder a su compañero, es tremendo. Además mi mamá es campesina, entonces siempre ha sido muy cuidadosa con su intimidad. Y en el libro tuve la explicación del porqué de algunas cosas.

-¿Fue un amor que se fortaleció por la lucha que compartían?
-Sí, seguramente. Él aprendió a amarla ahí en Escambray. Era una mujer seria, respetada por todos los hombres, trabajaba en la clandestinidad, que ya era buscada por la policía batista. Que era muy graciosa pero yo creo que lo que más cautivó a mi papá no fue sólo su belleza física, sino su integridad como persona. Mi mamá demostró en más de una ocasión el valor que tenía. Él era su jefe y ella estaba dispuesta a protegerlo aún con su propia vida. Y eso debe haberlo impactado, porque imagínate tú un hombre que ha luchado, que ha combatido durante años, de pronto que una mujer lo proteja debe ser algo muy lindo. Yo me imagino esas cosas, nunca lo podré hablar con mi papá, pero me parece que tiene que haberlo marcado.

vía El Mostrador.

 
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Publicado por en 7 mayo, 2013 en Arte y Cultura, Letras, Miscelaneo

 

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