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John Dinges: “Agente de la CIA confirmó que se le entregó 2 millones de dólares a Agustín Edwards entre 1971 y 1972”

El periodista norteamericano ahondó sobre su entrevista a Jack Devine, encargado del proyecto de medios de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos.

“El secreto mejor guardado –y el más controversial de todos- es la identidad de docenas o quizás centenas de chilenos que recibieron dinero de la CIA (entre 1970 y 1973)”. Eso dice John Dinges, corresponsal de Time, Washington Post y cofundador de CIPER, en una columna de opinión publicada hoy en The Clinic on-line, donde relata su encuentro con Jack Devine, el encargado del proyecto de medios de la CIA.

“Solo sabemos lo siguiente: El Gobierno de Estados Unidos asignó 10 millones de dólares para que la CIA gastara en Chile entre los años 1970 y 1973 con el exclusivo propósito de derrocar el experimento socialista de Allende. Eso es mucho dinero, suficiente para repartir entre mucha gente, suficiente también para pagar muchas acciones en contra del Gobierno de Allende. Lo cierto es que la CIA estaba reclutando gente no solo para recolectar inteligencia, sino para que actuaran ‘conforme a los ordenes’ del servicio de inteligencia. Cuánta gente y quiénes eran, solo Dios y los archivos secretos de la CIA podrán decirlo. Y por supuesto los mismos chilenos que recibieron la plata. Ellos sí que saben quiénes son”, agrega el periodista.

“Hemos podido saber las tarifas que se acostumbraba pagar. Para un líder comunista reclutado por la CIA, dice Devine, el sueldo era de 1000 dólares mensuales”, acota Dinges.

A continuación precisa: “Hubo casos especiales, notablemente el de Agustín Edwards. Dueño de El Mercurio, Edwards era y todavía es el hombre más poderoso de los medios escritos chilenos. Hace poco el agente Devine y la misma CIA reveló nueva información sobre Edwards y su periódico, que demuestra que su trabajo para la CIA fue mucho más intenso de lo que se creía”.

“En un artículo de la revista Foreign Affairs, Devine cuenta que tenía 31 años cuando llegó como agente clandestino a Chile. Dice que era el encargado del proyecto de medios de la CIA, específicamente del financiamiento de El Mercurio. Confirmó que se le dieron 2 millones de dólares a ese medio de comunicación entre 1971 y 1972 y agrega este nuevo detalle: el dinero fue derivado al ‘área comercial’, (‘business side’ en ingles), no a los periodistas del diario. El ‘área comercial’, por supuesto, era Agustín Edwards. ¿Qué recibió la CIA a cambio del dinero? Devine sostiene que fue solamente para garantizar la sobrevivencia del periódico durante tiempos duros. Otros documentos cuentan de la publicación en El Mercurio de propaganda de la CIA, casi diariamente”, cuenta.

“Más novedoso –e importante–, sin embargo, son las revelaciones publicadas la semana pasada por el Departamento de Estado, bajo el poco pretencioso título de ‘Relaciones Exteriores de Estados Unidos, 1969-1976: Chile, 1969-1973′. El libro de 1045 páginas es la historia oficial de la intervención clandestina de Estados Unidos en Chile, contado con una franqueza notable a base de documentos desclasificados”, prosigue.

“Es la historia de las actuaciones de Devine, Edwards y muchos otros participantes: Primero, para evitar que Allende ganara las elecciones de septiembre del 70 –sin éxito–, luego planeando un golpe militar para que no pudiera asumir el cargo seis semanas después –un intento desastroso que terminó con el asesinato del Comandante de Fuerzas Armadas, General René Schneider–, y finalmente la campaña de tres años en conjunto con muchos protagonistas chilenos independientes para ‘crear el ambiente’ necesario para el Golpe Militar que llevó a Pinochet al poder el 11 de septiembre de 1973 –un éxito según el punto de vista del Gobierno de Estados Unidos, una catástrofe de Derechos Humanos desde el punto de vista de la mayoría del mundo democrático–. En varios documentos de 1970, aparece el nombre de Edwards junto al de los ex presidentes Jorge Alessandri y Eduardo Frei, como los tres hombres poderosos que los oficiales de EE.UU. consideraban fundamentales en el éxito de la misión para liberar a Chile de Allende. El documento más relevante de ellos –Número 89, pp. 244 ff– es un informe sobre una reunión entre Edwards y el director de la CIA, Richard Helms, el 14 de septiembre de 1970, diez días después de la elección presidencial de Allende”, afirma el profesional.

“Hasta ahora se había ocultado el nombre de Edwards en este documento. La nueva publicación quita el velo del secreto sobre el rol de Edwards y revela el detalle sobre lo conversado con Helms. ¿Lo nuevo? Ahora sabemos, según la versión oficial de la CIA, que Edwards no solo recibía dinero para su empresa, sino que había estado siguiendo instrucciones del Gobierno de Estados Unidos. La evidencia indica que Edwards puede haber sido lo que en la jerga de espionaje se llamaría un ‘agente de influencia’. Edwards siempre negó su participación en el golpe militar y su maquinación. Y asevera que, hasta la reunión con Helms, nunca tuvo nada que ver con la CIA. El octubre recién pasado lo testificó bajo juramento antes el juez chileno Mario Carroza. Este es el recuento de su negación: ‘Reitero que tuve una reunión con Kissinger y con Helms… Pero en ningún caso se pensaba en un Golpe de Estado o algo parecido, ni menos de un financiamiento hacia el diario El Mercurio’. Y después añadió ‘A su pregunta, nunca recibí dineros de la CIA’”, recalca.

“Esas declaraciones son imposibles de conciliar con la versión de los eventos que entregó el Gobierno de Estados Unidos. Una de dos: o Edwards está mintiendo o el agente Jack Devine y los documentos de la CIA están mintiendo”, advierte.

De acuerdo al periodista estadounidense, “Allende recibió la pluralidad de los votos el 4 de septiembre de 1970, y es bien sabido que el presidente Richard Nixon le ordenó a la CIA evitar que accediera al cargo, preferentemente mediante un golpe militar. Para definir la manera en que se llevaría a cabo, Nixon y su asesor de seguridad nacional, Henry Kissinger, decidieron que había que hablar con Agustín Edwards. El tema: ‘Determinar si existían las posibilidades de una acción militar para evitar que Allende tomara el poder’”.

“Edwards viaja a Nueva York y luego a Washington. El 14 de septiembre se reúne con Kissinger y toman desayuno. Acto seguido se reúne con el director de la CIA Richard Helms. Hasta ahora todas las reuniones y sus participantes habían sido pintadas con tonos inocuos. Como si Edwards hubiese estado por casualidad en Estados Unidos y le hubiesen pedido que compartiera sus opiniones sobre la situación en Chile. Al contrario. De hecho, fue una reunión de negocios pura en la que predominaba el tema del golpe militar, comenzando con el subtítulo ‘Sincronización para Posible Acción Militar’. De las 1900 palabras que hay en el documento solo unas 500 se refieren a otro tema que no sea un golpe, temas como ‘Solución Constitucional’, que implica maniobras parlamentarias para bloquear la gestión de Allende, lideradas por Frei y Alessandri. Sobre esa materia, Edwards dice escéptico ‘¿Podemos correr el riesgo de que el plan Alessandri/Frei funcione?’. Edwards, y un participante no identificado en la reunión, dan su opinión sobre qué oficiales del ejército chileno serían los mejores candidatos para lidera un golpe militar, y cuáles oficiales debían ser ‘neutralizados’ por no ser confiables en esta materia”, indica.

“Uno de los párrafos claves en el documento provee evidencia directa de que la reunión estaba lejos de ser la primera relación entre Edwards y la CIA. En él Edwards se refiere a su trabajo con la CIA antes, durante la campaña. Parece quejarse, según el documento, de que sus jefes no le habían permitido hacer aún más para evitar que Allende ganara las elecciones”, concluye.

vía El Mostrador.

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Publicado por en 20 junio, 2014 en Política

 

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Richard Nixon y su indignación por la nacionalización del cobre: “Es hora de pegarle a Chile en el culo”

Se trata de 366 informes que suman más de mil páginas y que dan cuenta de varios diálogos del mandatario estadounidense con el ese entonces asesor de Seguridad, Henry Kissinger. En ellos quedan en evidencia los intentos de Washington de impedir la llegada de Salvador Allende al poder, como también las medidas contra su administración.

El ex presidente estadounidense Richard Nixon mantuvo a comienzos de la década de 1970 una constante preocupación por la situación política y económica de Chile, tanto por la llegada de Salvador Allende a la Presidencia, como después por la nacionalización del cobre, cuestión que terminó por irritarlo y lo llevó a señalar que había llegado la hora “de pegarle a Chile en el culo”.

Así dan cuenta varios documentos que forman parte de 366 informes que fueron desclasificados el viernes último por la oficina historiográfica del Departamento de Estado de los Estados Unidos, varios de los cuales destaca este sábado el diario La Tercera y que fueron ordenados cronológicamente en un trabajo que efectuaron durante una década los ex funcionarios de esa repartición norteamericana James Siekmeier y Janes McEvleen.

La información da cuenta que los esfuerzos de la CIA por impedir que Allende y la Unidad Popular llegaran al poder se remontan a la época del gobierno de Eduardo Frei Montalva, donde ya existía preocupación por la posibilidad de que dicha administración demócrata cristiana se alejara de su alianza con Washington, cuestión que el propio mandatario habría descartado, según reportó en ese entonces el ex embajador de Estados Unidos en Chile, Edward Korry, tras sostener ambos una conversación al respecto.

Pero donde sin duda queda en evidencia la intervención estadounidense en la política nacional, es en las conversaciones que Nixon sostuvo con el ese entonces asesor de seguridad del país norteamericano, Henry Kissinger, y las medidas que adoptó este último antes y después de la llegada de la UP al poder.

De hecho, un mes antes de que eso ocurriera, según consta en un archivo del 19 de agosto de 1970, Kissinger encabezó una reunión de coordinación entre distintas agencias que conformaron el denominado Grupo de Revisión Especial. Allí, solicitó al director de la CIA Richard Helms “un plan lo más preciso posible que incluya las órdenes que se darán el 5 de septiembre a quiénes y de qué manera”.

Asimismo señala que se debía presentar al presidente de EE.UU. “un plan de acción para prevenir una victoria de Allende (en el Congreso) y precisa que el Presidente (Nixon) puede decidir moverse incluso si nosotros no se lo recomendamos”.

Más adelante, los documentos dan cuenta de una conversación donde Nixon insta a Kissinger a tomar las medidas necesarias para impedir que el Congreso Nacional confirmara la victoria del fallecido mandatario socialista, manifestando que se debía “hacer gritar su economía”.

Un documento fechado un año después muestra la reacción de Nixon tras enterarse por el diario The New York Times sobre la nacionalización del cobre.

“Viste esto”, le pregunta el presidente a su asesor de seguridad. Este le responde “Sí, lo vi” y Nixon replica, de forma enérgica: “Y tienes preparado algo que decir (…) encárgaselo a (Alexander) Haig el más duro hijo de puta que tienes, que trabaje en algo. Es hora de pegarle a Chile en el culo”, frase que repite más adelante en el mismo diálogo.

En las más de mil páginas del texto, se halla también un documento del 10 de marzo de 1972 que da cuenta de las gestiones del general Alfredo Canales para organizar un golpe de Estado contra Salvador Allende. El militar detalló en una reunión en Santiago con un contacto de la CIA que tenía el respaldo del 80 por ciento de las Fuerzas Armadas y que su plan, que habría compartido el 4 de marzo con otro alto oficial, planteaba como “pretexto necesario para sacarlo del poder” el hecho de sobrepasar sus atribuciones en la reforma constitucional sobre la economía chilena.

Se informó que el National Security Archive dio a conocer los documentos ad portas de la publicación de un artículo en la revista Foreign Affairs firmado por el ex agente de la CIA Jack Devine, que asegura que la CIA advirtió a Nixon dos días antes del 11 de septiembre de 1973 que venía un golpe en Chile.

Letelier, Pinochet, Fidel y el golpe

La Tercera destacó en particular algunos archivos, como uno del 25 de noviembre, el que da cuenta de un diálogo de un diplomático chileno con el presidente cubano Fidel Castro. En esa conversación, este último le habría manifestado que supuestamente estaba arrepentido de haberse enfrentado tan rápidamente con Estados Unidos y que le recomendaba a Allende no cometer sus mismos errores para no llegar a un punto de no retorno con Washington.

Otro memorándum se refiere a una conversación de Kissinger con el canciller chileno Orlando Letelier, a quien el 23 de marzo de 1971 le planteó su preocupación por la nacionalización del cobre y manifestó el deseo de Estados Unidos de ver una solución constructiva entre el gobierno de Chile y las compañías cupríferas. Y también le hizo ver que el deseo de su gobierno era mantener las tradicionales buenas relaciones con Chile.

Poco más de dos años después, un mes antes del golpe militar, el 13 de agosto de 1973, un jefe de la división del Hemisferio Occidental de la CIA, de nombre David Phillips, reportó un diálogo donde el embajador de EE.UU. en Santiago planteó que no creía conveniente que Estados Unidos instigara a las FF.AA. para dar un golpe a Allende. Esto, porque, si bien el agregado de Defensa de EE.UU. creía que entre el 80 y 90 por ciento de las ramas castrenses estaban contra Allende, sus líderes –como los generales Carlos Prats, Augusto Pinochet, Sepúlveda, Urbina, Pickering y Brady– apoyaban con firmeza al régimen constitucional.

Entre los documentos más recientes de esta serie desclasificada el viernes último, aparecen dos memos enviados el 11 de septiembre por Kissinger a Nixon. En el segundo, despachado a las 17.00 horas , le informa que el golpe tuvo éxito y que Allende se suicidó. “Un desafiante (y, según se reporta, borracho) Allende finalmente aceptó la derrota”. Y en una reunión al día siguiente con miembros del Pentágono y la CIA, donde uno de los temas fue la posibilidad de que Allende se convirtiera en mártir, Kissinger dijo que no se apurarán por reconocer al nuevo gobierno. Y también insistió en saber si Allende se quitó la vida o lo mataron.

vía El Mostrador.

 
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Publicado por en 24 mayo, 2014 en Política

 

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Allende fue acribillado y rematado

A 40 años de su muerte y en momentos en que la Corte Suprema está por decidir el cierre definitivo del proceso que indaga en las causas de su deceso, una investigación histórica y forense contenida en el libro “Allende. Yo no me rendiré” (Ceibo, septiembre 2013) demuestra que el Presidente no se suicidó.

Un testimonio obtenido a contramano da cuenta que el general Javier Palacios le habría propinado el disparo en la frente al Mandatario, evidenciado en peritaje químico de 2011 que había sido mantenido oculto… hasta ahora.

El presidente Salvador Allende fue rematado con un disparo en la frente. Es lo que concluye el Informe Pericial Químico N° 261 (de 27 de mayo de 2011), elaborado por el perito químico Leonel Liberona Tobar.

En el ítem Conclusiones afirma textualmente: “En la muestra N° 3 (situada en la frente), se constató la presencia de plomo, bario y antimonio, cuyas concentraciones son compatibles con un orificio de entrada de proyectil balístico generado de corta distancia”.

Este disparo de entrada de proyectil en la frente se alinea perfectamente con el “orificio redondeado de salida de proyectil tallado a bisel externo” con el que quedó el cráneo de Allende tras el asalto a La Moneda, según consta en el informe de la autopsia Nº 2449/73. Esta fue realizada la noche del 11 de septiembre de 1973 en el Hospital Militar por el médico legista Tomás Tobar y el ginecólogo José Luis Vásquez.

Esta diligencia –como pudimos constatar en nuestra investigación- fue vigilada por militares armados encabezados por el teniente Manuel Vásquez Nanjarí, quien así lo reconoció en el “Caso Allende” (a fojas 1.101 y siguientes).

El informe de la autopsia de 1973 sólo pudo conocerse el año 2000. Venía anexado al libro “La Conjura. Los mil y un días del Golpe”, de la periodista Mónica González. Sobre la base de dicho informe el médico legista Luis Ravanal preparó un metanálisis forense que fue publicado el 8 de septiembre de 2008 en El Periodista.

El doctor Ravanal planteó que el disparo con fusil necesariamente tuvo que haberse realizado después del disparo con arma corta “puesto que, de lo contrario, este no habría dejado orificio de salida”.

En enero de 2011 se abrió el proceso Rol 77-2011, “Caso Allende”. Esto ocurría tras una querella presentada por la fiscal de la Corte de Apelaciones Beatriz Pedrals.

Para discernir si en este caso correspondía que se hiciera una nueva autopsia, el ministro instructor de la causa Mario Carroza pidió una opinión al Servicio Médico Legal (SML). Estos designaron al tanatólogo Germán Tapia Coppa para que analizase tan importante materia.

El 4 de abril de 2011, este legista emanó un informe forense en el que recomendó la exhumación de los restos de Allende. Dio argumentos similares a los planteados por el perito Ravanal en 2008: “si en un cadáver se reconoce estallido de cráneo al mismo tiempo que en uno de los fragmentos de la bóveda se evidencia un orificio de salida de proyectil (…) se debe mencionar que dicho orificio de salida se produce en un momento anterior al estallido de la cavidad. Esto es debido a que se requiere la integridad de la cavidad craneana para que un proyectil pueda generar una lesión característica de orificio de salida”.

Tras este informe del SML, Carroza ordenó realizar una nueva exhumación la que se verificó el 23 de mayo de 2011. En esta necropsia no se encontró el segmento de la parte posterior del cráneo en el que estaba contenido el citado orificio de bala. De hecho casi la mitad de los huesos del cráneo no estaban (Ver recuadro).

Como consecuencia de esto, los peritos convocados por el juez Carroza y el SML no pudieron saber la trayectoria de las balas y ni siquiera establecer la cantidad de éstas que impactaron el cráneo de Allende.

El perito balístico David Pryor lo reconoce de esta manera en su informe oficial: “Si hubo o no un segundo proyectil, ocurrió durante el mismo disparo, siguió con una diferencia de milisegundos una trayectoria similar pero no es posible confirmar o descartar esta posibilidad mediante el examen morfológico del material óseo conservado u otras técnicas de exploración actualmente disponibles”. Pryor tampoco pudo establecer el punto de entrada ni de salida de la bala, ni la trayectoria de la misma.

El forense Ravanal afirma a este respecto: “Si uno aplica el sentido común, y considera que los peritos del SML no encontraron orificio de salida; no contaron con gran parte de los huesos del cráneo, especialmente la base del cráneo por donde penetró la bala, uno no puede dejarse de preguntar: ¿Cómo pueden haber determinado si hubo más de un proyectil y cómo pudieron haber excluido la existencia de lesiones asociadas a proyectiles de bajo calibre como ese fragmento redondeado que no hallaron?”.

A pesar de la carencia de pruebas, el 13 de septiembre de 2013 el ministro Carroza determinó el cierre de la causa: “los hechos que significaron la muerte del presidente Salvador Allende Gossens provienen de un acto deliberado en el que, voluntariamente éste se quita la vida y no hay intervención de terceros, ya sea para su cometido como para su auxilio”.

De esta manera se ratificaba la veracidad de la historia oficial construida por los militares golpistas desde el mismo once de septiembre en La Moneda.

El 24 de junio de 2013 la segunda sala de la Corte de Apelaciones de Santiago ratificó lo obrado por Carroza. Ahora resta como último recurso para evitar el cierre definitivo de esta causa, que la Corte Suprema se pronuncie respecto de un recurso de casación presentado en julio por los abogados de la parte querellante, Matías Coll y Roberto Celedón, que representan a la Asociación Nacional de Ex Prisioneros Políticos.

OCULTAMIENTO DE PRUEBA

En la autopsia de 2011, los miembros de una comisión internacional de expertos convocados por el SML para determinar las causas de la muerte de Allende, no se pronunciaron respecto de la evidencia que daba cuenta de la existencia un disparo hecho con arma corta.

El doctor Ravanal señala a este respecto en el libro “Yo no me rendiré”, que la comisión especial de expertos designada para este caso “se limitó exclusivamente a realizar análisis segmentarios de los aspectos que en sus respectivas áreas les competía: Acta de Exhumación, Informe Odontológico, Informe Antropológico, Informe de Evidencia Asociada (prendas de vestir), Informe Balístico, Informe Entomológico e Informe Genético”, pero que “absolutamente en ninguno de ellos se menciona o aborda el análisis causal relativo al ‘segmento de orificio redondeado tallado a bisel externo de aproximadamente 2 a 3 cm’ (descrito en la autopsia de 1973)”. La muestra N° 3 solo se menciona como una nota a pie de página como si se tratase de un aspecto sin importancia en la investigación.

Menos transparente aún fue lo realizado por el SML luego que el perito Liberona Tobar diera cuenta de la existencia de residuos de pólvora que se explicarían por un disparo hecho a corta distancia con arma de bajo calibre.

Después de conocer dicho informe químico, el SML –que es dirigido por el médico sin especialidad forense Patricio Bustos- citó a una reunión al perito Liberona Tobar que se concretó el 15 de julio de 2011 y que contó con la participación del juez Carroza.

Este encuentro fue reseñado por Liberona en el Informe Pericial Químico N° 380/2011, de 26 de julio. En el Punto 1 se sostiene: “Considerando los antecedentes obtenidos en la reunión el día 15.jul.011 en dependencias del SML, de Santiago, donde se aclaró que la muestra N° 3, fue levantada de la cara interna, zona inferior del sector izquierdo del hueso frontal orbital del occiso. Los resultados de las concentraciones de antimonio, bario y plomo señalados en el Informe Pericial Químico N° 261 de fecha 27.may.O11, son atribuibles a trayectoria o impacto de proyectil balístico”.

En relación con esto, el forense Luis Ravanal expresó que “se puede apreciar claramente que tras la reunión de aclaración llevada a cabo en el SML, el perito químico modificó su conclusión original, sustituyéndola por otra del todo inespecífica y ambigua. Claramente en este segundo informe, ya no se trataba de un ‘orificio de entrada de proyectil balístico generado de corta distancia’, modificación que evidentemente satisfizo a más de alguien”.

El doctor Ravanal cuestiona que se le haya tenido que aclarar a Liberona el lugar específico de donde provenía la muestra N° 3 en circunstancias que fue él mismo quien la recolectó como detalló en su primer informe (N° 261-2011).

De todos modos, esta modificación no logra ocultar que en la frente de Allende se encontraron residuos en cantidades que sugieren –o establecen- la existencia de un disparo hecho a corta distancia.

Foto de Herida en cráneo Allende – Pieza N° 3

“PALACIOS LO REMATÓ”

La descripción del disparo de bala presente en la frente es concordante con el testimonio brindado a este corresponsal -el 16 de agosto de 2013 vía videoconferencia- por el chileno residente en Milán, Julio Araya Toro y que aparece contenido en la investigación histórica y forense que forman parte del libro “Allende: Yo no me rendiré”.

Supimos de él revisando el expediente de la causa. A fojas 644, aparece una misiva enviada por él -en febrero de 2011- al ministro Carroza. Allí propuso transmitirle una confesión que el general Palacios le habría hecho a su padre y que dice relación con la forma en que realmente murió Allende. Carroza no le contestó. Nosotros sí nos contactamos.

Araya Toro (46 años) cuenta que su progenitor fue amigo desde la niñez con el general Javier Palacios. Ambos vivían en el mismo sector residencial del antiguo centro de Santiago donde residían las familias aristocráticas de principios del siglo XX. Ambos estudiaron en los Padres Franceses, asistían a la misma iglesia y jugaban en el mismo lugar: el Parque Cousiño. “Ya mayores tomaron diferentes caminos. Mi padre siguió la vida civil y el general Palacios ingresó a la Escuela Militar en 1941, pero continuaron frecuentándose a través de toda la vida”.

Luego de esta contextualización, Araya Toro entró en el quid del asunto: “Esta historia me la contó mi padre muchos años después del golpe, cuando nos encontramos con el general Palacios -en febrero de 1992- en el centro de Viña del Mar. En ese momento mi padre, al verlo caminando hacia él, le grita ‘¡Javier!’. A su vez, Palacios le contragrita ‘¡Jorge!’. Pero, antes de abrazarse, mi padre se dirige a mí y me dice: ‘te presento al general que asesinó al presidente Salvador Allende’. Palacios se desfiguró y le respondió: ‘no digas esas cosas porque la gente puede creer cualquier cosa’. Se saludaron, se abrazaron, conversaron diez minutos y después se despidieron. Entonces, mi padre me dijo: ‘te voy a contar la historia de lo que pasó el 11 de septiembre y cómo Palacios asesinó al presidente Allende y se tomó La Moneda’”.

Palacios se lo confesó durante una visita que hizo a la casa de Araya Gómez en la santiaguina comuna de Maipú, en marzo de 1974. “Llegó acompañado de una patrulla militar y vestido en tenida de guerra. Yo tenía siete años pero lo recuerdo perfectamente. Hablaron de sus familias y cosas triviales. Posteriormente, mi padre le hace notar su consternación por lo ocurrido durante los meses anteriores, a lo que Palacios respondió: ‘te tienes que sentir orgulloso de que un amigo tuyo pasara a la historia’.

“Mi padre le pregunta el por qué de esta aseveración. El General comenzó a hablar: su misión era rodear con tanques y tomarse La Moneda por tierra, ya que comandaba el regimiento Blindado Nº2 (el mismo del tanquetazo de junio de 1973). Ingresó por la puerta de Morandé 80 con soldados de infantería en el mismo instante en que bajaban las escalas las personas que estaban con Allende y a las cuales éste les había pedido que salieran. Los militares comenzaron a tirar a la gente hacia abajo por las escalas mientras ellos subían. El ambiente era un infierno ya que La Moneda ardía por el bombardeo y no se podía respirar por los gases lacrimógenos. En el segundo piso, Palacios fue recibido con ráfagas de metralletas de Allende y algunos de sus hombres que estaban en el salón Rojo. En ese momento, Palacios grita a los miembros del GAP (escolta de Allende) que se rindieran y fue Allende que respondió gritando: ‘¡soy el presidente de Chile y si te crees muy valiente ven a buscarme conchetumaire!’. Inmediatamente, los GAP y Allende comienzan a disparar y una bala de Allende hiere en la mano derecha a Palacios.

“Los hombres de Palacios, al ver a su general herido, avanzan disparando contra los miembros del GAP y éstos van cayendo por las balas de los militares, mientras Palacios es asistido por Armando Fernández Larios, que le pasó su pañuelo para detener la sangre de la mano herida. Entretanto, seguía la balacera más adentro, ya que los GAP iban replegándose. Dos militares que iban disparando hirieron en el estómago o el pecho a un civil que portaba una metralleta, un casco y una máscara antigases; el civil se plegó y cayó al suelo. A Palacios (…) le llamó la atención este civil. Se fijó que portaba un reloj fino. Al sacarle la máscara antigases y el casco reconoce al presidente Allende. En ese momento saca su pistola de ordenanza y dispara a quemarropa en su cabeza.

“Eran las 14:00 horas Palacios con sus hombres trasladan el cuerpo del presidente Allende al salón Independencia. Comienzan entonces a preparar el montaje para decir que el presidente Allende se había suicidado”.

TESTIMONIO CONCORDANTE

Aunque no es posible garantizar la veracidad de este testimonio, es preciso subrayar que es coherente con la evidencia histórica y forense existente. Según el perito Ravanal “en este relato podemos encontrar numerosos elementos que son concordantes con los resultados autópsicos: mayores concentraciones de residuos de pólvora en la zona frontal y órbita izquierda; un orificio redondeado de salida de proyectil tallado a bisel externo en la parte posterior de la bóveda craneana, que se alinea perfectamente con una lesión en la zona frontal”.

Este relato de Jorge Araya guarda una notable similitud con lo expresado por el periodista y escritor Gabriel García Márquez, en su nota “La verdadera muerte de un Presidente” (1974) en la que relata el asalto a La Moneda y el enfrentamiento entre Allende y Palacios.

Pero es el propio General Palacios quien da sentido al testimonio de Araya. Una semana después del golpe de 1973 declaró: “Allende estuvo disparando todo el tiempo porque tenía las manos llenas de pólvora. El cargador de la metralleta estaba vacío. Había numerosas vainillas en la ventana. A su lado también estaba un revolver. Y cuando pasé a identificarlo, tenía un casco y una máscara de gases”. Esta trascendental declaración es reproducida en la nota “Recuerdos del General Palacios”, Ercilla N° 1991, del 26 de septiembre de 1973.

Este testimonio es similar al brindado en el documental “Más fuerte que el fuego. Las últimas horas en La Moneda” (1978), en que sostiene que “hasta el último momento él (Allende) disparaba contra nosotros”.

La evidencia de que Allende combatió hasta el final –y no se rindió- fue refrendada por el corresponsal de Prensa Latina Jorge Timossi en su nota “Las últimas horas de La Moneda” (13 de septiembre de 1973). Allí señala: “A las 13:52 minutos recibí una llamada desde Palacio. Era Jaime Barrios, asesor económico del Presidente, quien (…) me informó: ‘Vamos hasta el final. Allende está disparando con una ametralladora. Esto es infernal y nos ahoga el humo’”.

Cabe señalar que de acuerdo a la versión emanada por la Junta, Allende se habría suicidado entre las 13:30 y las 14 horas, como sostuvo la noche del “once” el prefecto de Investigaciones de Santiago, René Carrasco, a corresponsales extranjeros.

El fiscal norteamericano Eugene Propper, que investigó el doble asesinato del excanciller Orlando Letelier y de su secretaria Ronnie Moffit, acaecido en Washington en 21 de septiembre de 1976, describió en su libro Laberinto (1982), coescrito con el periodista Taylor Branch, cómo habría muerto Allende:

“Poco después de las 2 p.m., unidades de infantería logran invadir La Moneda. Pequeños grupos corren escaleras arriba en medio del humo, cubriéndose con fuego de metralletas. Un teniente chileno de pelo rubio, René Riveros, de pronto se encuentra frente a un civil armado vestido con un suéter con cuello tortuga. Riveros vacía la mitad de sus municiones en el Presidente de Chile, matándolo instantáneamente con una hilera de heridas que van desde la ingle a la garganta”.

Este relato se basó en el testimonio brindado por el oficial de la Escuela de Infantería condenado en el Caso Letelier, Armando Fernández Larios; y en información proporcionada por el jefe del FBI en Argentina, Robert Scherrer. El excorresponsal de Washington Post, en Santiago, John Dinges, nos expresó en 2011 que Scherrer, a quien consideraba “una fuente de oro”, le informó en 1979 lo mismo que a Propper: Riveros mató a Allende.

Cabe señalar que, después de “constatar” la muerte de Allende, Palacios lo comunica -a las 14:35- al general Sergio Nuño –ubicado en el Ministerio de Defensa-: “Misión cumplida: Moneda tomada, Presidente muerto”. En ningún momento dio a entender que hubo suicidio.

Palacios, que era director de Inteligencia del Ejército, reconoció –según consta en el documental “Más fuerte que el fuego”- que oficiales del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) entraron al salón donde murió Allende: “Le tomaron una fotos”, dijo. Sin embargo, es más verosímil que su participación haya tenido por objeto construir el suicidio. La Brigada de Homicidios sólo pudo entrar a las 16:20 horas, cuando el SIM ya había podido alterar todo el sitio del suceso.

Pocos después que Palacios informara de la muerte de Allende, un grupo de civiles golpistas difundió la noticia por onda corta desde el mismísimo Ministerio de Defensa: “Atención Chile. Atención a todo el mundo. Aquí Santiago Treinta y Tres. Este es Chile Libre. Allende ya es un cadáver. El capitán Roberto Garrido nos ha liberado de las garras del marxismo (…) Allende ha sido ajusticiado por nuestros soldados gloriosos”.

La Junta Militar intentó por todos los medios ocultar o destruir las evidencias que dieran cuenta de lo realmente sucedido con Allende en sus últimos instantes. La Primera Fiscalía Militar nunca entregó el expediente asociado al proceso abierto por la muerte de Allende donde estaba el Informe de Autopsia 2447 de 1973.

Aún no aparece el set de 29 fotos (ordenadas desde la A hasta la Z) que los peritos de la Policía Técnica de Investigaciones tomaron en el sitio del suceso. El General Palacios se quedó con el fusil AK-47 con el que –supuestamente- Allende se suicidó. Este no pudo ser periciado por los expertos policiales los que, sin embargo, aseguraron, tras una veloz inspección, que Allende se suicidó.

Tras nuestra mencionada investigación histórico forense sobre la muerte del Presidente Allende, que nos permitió constatar cientos de irregularidades, errores y omisiones, pudimos concluir que la teoría del suicidio, es una fabricación comunicacional, política, policial, forense e histórica realizada por los conspiradores constituidos en Junta Militar de Gobierno, y consolidada hasta nuestros días por poderes fácticos que gobiernan nuestra sociedad.

Recuadro 1

FOTOGRAFÍA CLAVE

A pesar de todo el esfuerzo hecho por la Junta Militar con el fin de ocultar las evidencias que mostraban lo realmente sucedido aquel once de septiembre en La Moneda, la verdad ha podido filtrarse hasta nuestros días.

En diciembre de 1973 alguien sustrajo la foto Nº 1416/73-A desde los archivos de Investigaciones, la que demuestra la falsedad de la versión oficial. El doctor Ravanal lo explica así en el mencionado libro coescrito con este corresponsal:

“Allí se puede ver un cadáver perfectamente alineado y en posición recta, como un tronco caído, lo que no es concordante con un individuo que en vida se pega un tiro de fusil bajo la mandíbula estando sentado, menos aun cuando ha ocurrido una destrucción masiva del encéfalo, lo que conlleva a una desconexión neurológica absoluta e instantánea, por lo que no cabría esperar que ocurriesen movimientos agónicos y/o reflejos en estas condiciones, que llevasen a las cuatro extremidades a alinearse con el eje principal del cuerpo, y extender totalmente las rodillas en la forma y magnitud que se aprecia en las imágenes y esquemas. Esta evidencia que el cadáver fue manipulado, dejándolo en una posición de arrastre sobre el sofá, por cuanto cuando un cadáver se arrastra por el tronco en posición ventral, las piernas se arrastran detrás de este extendiéndose las rodillas y apoyándose el peso en los talones”.

Ravanal destaca en relación con esta imagen otro aspecto que desmiente la construcción oficial sobre la muerte de Allende: “Nótese el aspecto limpio de las prendas de vestir en la zona anterior del cuello y tórax, donde se aprecia el diseño geométrico del chaleco de cuello alto, limpio, sin impregnación de sangre, solo se advierte un patrón de escurrimiento, que correspondería a líquidos sanguinolentos que fluyen pasivamente por efecto gravitacional postmortem, desde la zona frontal y anterior de la cara y cabeza, hacia abajo y derecha, en relación al ángulo de inclinación de la cabeza.

“La ausencia total de sangre en la zona anterior del tórax y cuello, es un claro indicador respecto a que al momento de producirse el disparo submentoniano, Allende no estaba vivo o se encontraba en otra posición, por cuanto de haberse encontrado con vida en posición sentada al momento de producirse el impacto submentoniano, la sangre habría escurrido en grandes volúmenes, masivamente hacia abajo, tal como lo demuestran dos videos de suicidios registrados en vivo y que le fueron acompañados al ministro Carroza durante la investigación, evidenciando la falta de sustento de los informes oficiales, que en el caso desafían a la fuerza de gravedad”.

Recuadro 2

LA MASCARADA

Para entender bien cómo se consolidó la versión oficial construida por la Junta Militar, hay que remontarse a 1990. La medianoche del 17 de agosto de aquel año se realizó en el Cementerio Santa Inés de Viña del Mar la primera exhumación (en la foto) del cuerpo de Salvador Allende. Se hizo con el fin de verificar si efectivamente sus restos estaban ahí y con el objetivo de reemplazar la vieja urna de latón por una nueva. Todo esto con miras al funeral oficial que se realizaría el 4 de septiembre de ese año.

La operación fue hecha en total secreto, a hurtadillas. Fue dirigida por el ministro vocero de Gobierno, Enrique Correa. La familia Allende envió en su representación al doctor Arturo Jirón.

La operación fue realizada sin especialistas, con total desprolijidad. Pablo Salas, que filmó esta exhumación, contó detalles de lo sucedido a este corresponsal en 2011: “Cuando llegamos al Cementerio Santa Inés estaba todo oscuro (…) Y nadie sabía si Allende estaba o no en su tumba”. Comenta que cerca de las 10 de la noche comenzaron a abrir la cripta de la familia Grove-Allende: una bóveda bajo el suelo a la que se desciende por una escalera. Recuerda que había ocho nichos, ubicados cuatro a cada lado y uno sobre otro. “Al fondo, del lado izquierdo, se encontraba el nicho donde se supone estaba Allende”, relató.

El camarógrafo afirma que sólo cuando llegó el ministro Correa, los panteoneros empezaron a romper la cubierta de cemento que resguardaba al nicho, “la cual tendría unos tres o cuatro centímetros de grosor”.

Sostiene que después de ello, “se pudo ver un ataúd de metal que tenía una chapa muy delgada y completamente oxidada”. Los empleados intentaron sacar el ataúd y éste se comenzó a desarmar. “Cuando lo jalaron un poco más fuerte, el ataúd se rompió. De esa forma lo lograron abrir”.

Cuenta que en ese momento él bajó al fondo de la cripta junto con Jesús Inostroza, fotógrafo de la Presidencia de la República de Chile, y el doctor Jirón, quien fue enviado por la familia Allende Bussi con la finalidad de reconocer los restos del ex Mandatario. Jirón fue uno de los médicos que estuvo con Allende en el Palacio de La Moneda el día de su muerte.

Salas dice que para ver los restos de Allende, el doctor Jirón se tuvo que agachar y meter parte de su cabeza al nicho. “Miró y empezó a murmurar: ‘el zapato, los pantalones, el chaleco’. Como yo estaba filmando, mi necesidad era que el tipo dijera lo que veía. Entonces, de repente le pregunté: ¿Es la ropa que llevaba? Y él me dijo: Si, así es”.

Salas relata que “los sepultureros comenzaron a romper el ataúd con el propósito de tomar los restos de Allende e irlos poniendo en una caja de metal chica, de menos de un metro de alto por 40 ó 50 centímetros de ancho y largo. Entonces empezaron a tomar todos los restos de Allende y los empezaron a poner en esta cajita metálica”.

–”¿En qué estado se encontraba el cráneo?”, le preguntamos a Salas.

Él recuerda que el cráneo estaba “muy incompleto”. Sostiene que sólo había una parte de él. “Si un cráneo normal tiene el tamaño de un melón, lo que había ahí tenía el tamaño de una manzana”, comenta.

El camarógrafo cuenta que los empleados del cementerio tendieron un paño blanco y colocaron sobre él ropa, restos óseos, pedazos de piel y pelo que no habían metido a la caja metálica. Después sacaron de la cripta tanto la caja como el paño. A este último lo volvieron a revisar, tomaron de él algunos “huesitos” y los arrojaron a la caja metálica. “Todo lo demás quedó fuera. Esto es, los zapatos, los pantalones, el chaleco, lo que era reconocible”.

Salas cree que la ropa y algunos restos óseos que los empleados no metieron a la caja metálica, “se fueron a la basura porque cuando nos fuimos se quedó ahí, nadie se los llevó”. Esta afirmación sería corroborada por tres panteoneros que declararon -en 2011- en el marco de la investigación encabezada por el ministro Carroza.

El testigo señala que los zapatos de Allende estaban casi intactos; el pantalón era oscuro, casi negro; y el chaleco era de lana blanca con puntos negros.

Dice que cuando terminaron “de poner los restos de Allende en la cajita de metal, ésta se colocó dentro de un ataúd nuevo, de madera, bien bonito. Este ataúd fue sellado con soplete y luego fue puesto en el mismo nicho donde estaba el ataúd antiguo”.

No hubo nueva autopsia ni ningún procedimiento forense. Sin embargo, esa mirada de un minuto bastó para que la familia del Presidente Allende, el gobierno de Patricio Aylwin y la prensa confirmaran que los restos correspondían a Allende y que éste se había suicidado… aunque usted no lo crea.

La revista Análisis (N° 348, septiembre de 1990) publicó -destacado en portada- el reportaje “El suicidio de Allende” que fue clave en la masificación en el seno de la izquierda de la versión oficial:

“Hasta el 17 de agosto de este año (…) existían serias dudas de que Allende se hubiera suicidado (…) Sin embargo, el resultado de la exhumación y reducción de los restos del presidente Allende (…) demostró que el cadáver (…) tenía un orificio en el cráneo que puede corresponder a un disparo de tipo suicida. Los que vieron los restos de Allende y sumaron a ello los antecedentes que tenían, están en condiciones de afirmar que Allende se quitó la vida”.

El 4 de septiembre fue el funeral oficial. En dicha ocasión -según testimonió a este corresponsal del cineasta Miguel Littín- la comitiva oficial que trasladaba los restos de Allende se detuvo en una parte del trayecto entre el Cementerio Santa Inés de Viña del Mar y el Cementerio General de Santiago. Por un lapso de una media hora desapareció el vehículo que llevaba los restos de Allende sin que nadie diera explicaciones de lo sucedido. En la comitiva participaba el ministro de Interior Enrique Krauss.

Littín levantó un acta notarial de este suceso por si moría antes de poder contarlo. Este cineasta chileno, actualmente está en la última etapa del rodaje de su film, en que muestra cómo fueron las últimas horas de Salvador Allende. Se espera que ahí cuente la verdad sobre su muerte.

Por Francisco Marín

El Ciudadano.

 
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Publicado por en 13 mayo, 2014 en Política

 

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